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Tendemos a estar tristes los domingos, a quejarnos los lunes y a ponernos como motos los viernes.

Tendemos la ropa, tendemos a infinito, tendemos a la cordura cuando quizás lo más sano es elogiar, un pelín, a la locura.

Un bucle infinito nos engulle, un círculo del eterno retorno nos acongoja , un día de la marmota nos agota…

Este blog va de lo otro, de lo contrario, de las pequeñas-grandes cosas, de tender una mano a la alegría, a la gente corriente que da calambre, a la nostalgia aunque no sea bonita. Va de música, de cine, de viajes, de amores pasionales. De mi hijo.

Soy rubia, tengo mis sombras y mis dudas, no pretendo sentar cátedra, una rubia jamás osaría a algo tan complicado…simplemente estoy aquí de paso, como todos, como una extraña en un vagón de tren desvencijado.

Leedme, no me leáis, haced lo que os plazca que rima con catártica, pero tratad de ser felices, que la vida es un ratito, que se pira ¡que se va por una alcantarilla! Sonreíd, brindad, llorad, emborrachad a la tristeza, que es muy mala, que es muy negra…

Sushi Q.

Viento

Hace viento. Alguien escucha jazz en mi bloque. Me gusta el jazz, de siempre, desde pequeña, desde que tenía coletas. Lo Shazameo, pero mi Shazam debe estar sordo o absorto: Ningún resultado. Decido disfrutarlo sin saber quien toca así el piano, es algo brutal, extraordinario.

Soy una valiente, los días de viento no se deben tomar decisiones arriesgadas, pero decido que lo quiero disfrutar, así que cierro los ojos y me pongo a ronronear.

Una vez, también fui valiente; tendría ocho ó nueve años y decidí que de mayor quería viajar. Fue una decisión tomada un día como el de hoy y claro, el viento, en represalia por mi osadía, borró todas las pecas de mi cara, me las arrebató, se las llevó.

Echo de menos mis pecas, pero he conocido mundo, mucho mundo, así que, aunque haga viento, decido Shazamear, otra vez, ese piano de caramelo que se está derritiendo, que me está derritiendo. Error, nada, la sordera sigue ahí, los días de viento todo se escapa.

Odio el viento, es chaquetero, veleta, traicionero, te descoloca los pelos, te roba las pecas, te da la vuelta al sombrero. Al viento le da igual si ese día no estás para farolillos, es cruel y despiadado, es Eolo cabreado.

Me levanto del sofá, son las cuatro ó cinco de la tarde, el viento se cuela por mi terraza, golpea el toldo, me saca la lengua, me da la espalda. No es delicado, siempre aparece a horas *interfestivas, no tiene cuidado.

Abro la puerta, dejo que entre, no le tengo miedo, sólo rabia y rencor (se llevó mi inocencia) No quiere café, sólo incordiar. No le hablo, le observo cruzada de brazos, se cansa, se aburre, se va. Cierro la puerta y pienso que dejar de tomar decisiones, aunque haya huracanes de por medio, es de cobardes, así que sigo inventando, chascando los dedos, moviéndome.

Me pongo a colgar cuadros de cine en el salón. Estoy sola con mi jazz. Agarro el martillo, no tengo nivel, me importa un carajo, a ojo, lo haré a ojo. Acabo y me gusta el resultado. Me regocijo, me doy besos y abrazos, me abro una cerveza.

Ya es de noche, madrugada. Un gran estruendo me hace saltar de la cama. No es tormenta, no son truenos, son los cuadros, sí, han de ser ellos ¿Cuántos se habrán lanzado al vacío…? No me levanto. Mañana decidiré si los recojo, si los dejo o si los regalo, aunque vuelva a hacer viento, mucho viento, o quizás precisamente por eso.

*Va por ti, Dani (sigue inventando palabras. Te quiero)

viento

 

 

¡Sorpresa!

¡Sorpresa!

Y así entré, el finde pasado, en la cuarentena.

Ahí estaban todos, a oscuras, agazapados en el salón del amor de mi vida, esperando a que una incauta rubia abriera la puerta y se derritiera.

¡Sorpresa!

Globos, niños, confeti, música.

Estaban todos. Todos los que han estado cuando no era fácil hacerlo. Es muy sencillo permanecer al lado de alguien cuando el viento sopla a su favor y la exaltación de la amistad se alimenta de brindis. Lo difícil, lo jodido, lo chungo, es estar cuando el viento sopla de cara y casi no te permite respirar.

¡Sorpresa!

Y en lugar de entrar y abrazarles, tuve que echarme atrás unos segundos, tomar aire y romper a llorar. Menos mal que llevaba rímel water proof, menos mal que son mi buena gente y mis niños y que soy madre, tita, hermana, cuñada y amiga de todos ellos. Gracias por el disfraz de Pipi Lamstrung. Gracias por mirarme así, de esa manera. Gracias por emocionaros conmigo.

Birra, vino, buen rollo de gente corriente que da calambre. Nada de tensiones raras. Es lo que pasa cuando las amistades se fraguan en las duras y en la más-duras. Por cierto ¿con 40 una ya es madura?

Y nos dieron las diez y las once, las doce y la Luna, y los globos se fueron explotando y los niños fueron cayendo como moscas y mosquitos, con las comisuras de los labios repletas de nocilla. Y nos dieron las dos y las tres y borrachos, a las seis de la mañana, caímos agotados pero no rendidos. Nunca nos rendimos.

Y amanecimos ojerosos. Y desayunamos churros y porras y yo me sentía como en un sueño. Y pensaba: ¿Y ésto por qué? Y las sonrisas sinceras, los abrazos y el pedazo beso de mi chico, me dieron la respuesta: ¿Y por qué no?

A todos vosotros (y a los que no pudisteis estar pero lo habéis hecho siempre) GRACIAS.

 

Cuarentena

 

Dame sal, Bill

Anoche estaba friéndome unos huevos a distancia. Sí, los frío a distancia pero sin mando, agarrando la espumadera como si practicara esgrima y apartando mi cuerpo hacia atrás en una graciosa pose digna de pin up. He mejorado la técnica, no os creáis, antes los freía con los ojos cerrados, porque todo el mundo sabe que cuando cierras los ojos nada malo puede pasarte, y ahora, ya veis, incluso los abro ¡bravo!

Cada uno tiene sus cosillas: freír huevos a distancia, mascar chicle sin parar, golpear con los nudillos todos los muebles de Ikea, tomar infusión de jengibre con canela por la noche… lo probé en Vietnam y me supo a gloria, ahora me sabe a gloria pero no estoy en Vietnam. Algún día os hablaré de Vietnam, hoy no toca, hoy quiero hablaros de Bill, mi vecino de al lado. Volvamos a los huevos de anoche.

En esas estaba, friendo los huevos, cuando ¡oh cielos! (bueno, en realidad dije: ¡hostia puta!) no quedaba sal en el cuenco rojo con lunares blancos donde guardo la sal. Los lunares blancos sobre fondo rojo me alegran la vista, no se, me alegran más la vista los lunares blancos sobre fondo rojo que el negro del pollón. Ya sé que no tiene nada que ver, ya lo sé, pero es lo que se me ha pasado por la cabeza, punto. Y no es racismo, ni ostracismo, ni snobismo, que no os engañen, ¿eh? que no os engañen, es simplemente una cuestión de gustos.

Huevos. Sigo.

Acabé de freírlos, los coloqué en un plato hondo y pensé (voy a ver si Bill tiene sal) Salí de mi casa, me atusé la coleta y llamé a su timbre. Después de un minuto o dos, Bill apareció:

-Hola Bill, dame sal.

Se apretó el cinturón de la bata, asintió con la cabeza, se dirigió a la cocina y me entregó su salero.

-Gracias, Bill.

Levantó su mano para despedirse en plan indio del oeste americano, cerró la puerta y me metí en casa a saltear los huevos (aunque sería más correcto decir asaltarlos dado el brío, a lo Íñigo Montoya, con el que agarro la espumadera)

Qué majo es Bill, pensé ya con mi salero. Se mudó hace unos meses a mi bloque y la verdad es que es buen vecino. No arma escándalos, siempre saluda en la escalera (lo cual lo convierte en asesino en potencia y eso me tranquiliza) y, si quiero desahogarme, voy a su casa, tomamos un café etíope con Mulatu Astatke de fondo, hablo, hablo y hablo y él permanece callado escuchando, con las manos juntas y muy erguido. A veces responde, pero si sigo hablando vuelve a callarse y a escuchar. No le molestan las interrupciones, es elegante, educado y tierno. Cuando acabo nos despedimos, le doy un abrazo, él me da palmaditas en la espalda, así  como de ánimo y cada uno a su casa.

-Dame sal, Bill.

Me encanta. 

Y la vida sigue, aunque las flores estén rotas y en Tokio suene More than this a todo trapo.

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Yo también soy albóndiga

-Hola, mi nombre es Sushi Q. y yo también soy albóndiga.

-Hola, Sushi Q.

¿No os pasa a veces que imagináis cosas que diríais y que nunca decís porque el tiempo no acompaña, pensáis que os van a mirar raro y no os mola que os miren raro porque lo raro os aparta del rebaño?

A mi me pasa mogollón, lo de imaginarme cosas que diría. Muchas veces las digo, otras las escribo. Una vez, al rellenar el formulario para apuntarme al gimnasio, escribí en la casilla de profesión: Astronauta, y me quedé tan pancha. Es que, a ver, los astronautas también son personas ¿no? y, además: ¿a quién cojones le importa a qué me dedico? ¿acaso voy a agarrar las mancuernas de manera distinta si soy astronauta, apicultora, arquitecta o *pizpireta? Pues no, vamos, creo yo.

A mi me encanta mucho la gente que sale de sus armarios, la gente que es albóndiga (o almóndiga) y lo dice, o no lo dice pero les mola ser albóndiga. Me mola la gente que sale de sus neveras, de sus sótanos, de sus chisteras.  Me gusta la gente, da igual su sexo, incluso si no lo tienen, como los ángeles.

A mi los únicos autobuses que me molan son los de Londres, de dos pisos, como las tartas de dos pisos, rojos y cosmopolitas. No me gustan los buses naranjas como la cara de Trump, no me gustan los axiomas (salvo los míos, claro Axiomas) me gusta la gente libre, la gente liebre, hasta la gente liendre. Me gustan los ángeles, los angelitos negros de Machín, las manzanas, las peras y las ensaladillas rusas bien mezcladas y revueltas.

-Hola, mi nombre es Sushi Q. y yo también soy albóndiga.

*Pizpireta: me encanta esta palabra y el modo en que luce sus pecas (*sinestesia)

*No soy albóndiga ¿eh? soy rubia (que os lo creéis todo XD)

*He tomado la foto prestada de internet. Espero no ofender :_)

-Respect 🤙🏻https://open.spotify.com/track/5AoTuHE5P5bvC7BBppYnja

corazones

 

 

 

 

 

 

Ocre

Me sienta bien el color amarillo de mi jersey de punto. Es amarillo mostaza, amarillo ocre. Me gusta la palabra ocre, sabe a trozo de pintalabios desprendido de su barra y es tremendamente suave y blando (pero no blandito como un peluche, no, blandito como el ocre) (*sinestesia)

Llevo unos pendientes hippies de mi madre. Hoy no llevo el collar largo de piedras verdes de mi abuela, que no se bien qué son pero una vez, comprando tabaco en un quiosco de Gran Vía, me dijo la quiosquera:

-Qué collar más bonito, se nota que es bueno.

-Claro que es bueno -le dije- era de mi abuela.

La mujer sonrió y yo me emocioné porque mi abuela ya no está pero sí que está (*se ha convertido en polilla,  ya os he hablado de esto, creo…) y claro, fue un momento bonito entre la quiosquera, Gran Vía, Plaza de España y yo.

Cuando hay polillas por ahí revoloteando no puedo matar ni una porque lo mismo son mi abuela y, claro, una tiene sentimientos, es empática (y creo que también simpática) y no está bien matar, no porque lo digan los Mandamientos (No matarás) sino porque me parece muy gore, muy triste y muy cansado ir matando por ahí a gente, a polillas y a ilusiones efímeras. No se quienes son los que matan las ilusiones, no lo se ni me interesa, la gente que mata ilusiones no es de mi acera.

Mañana me pondré el collar verde de mi abuela polilla, hoy me quitaré el jersey ocre y los pendientes hippies con cuidado, antes de ir a nadar. Me gusta ir a nadar y me da pereza, mucha pereza, pero así es la vida, hay cosas perezosas, como los osos perezosos de tres dedos, y otras que no lo son tanto y claro, cuando el cielo está nublado, llevo puesto mi jersey de punto ocre y necesito respirar, pues escribo, escribo de manera perezosa, nado despacio, saboreo el color ocre, echo de menos a mi abuela y sigo ilusionándome aunque haya homicidas de ilusiones de color indeterminado y que probablemente no sea ocre.

Sushi Q.

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Paso de cebras

Ayer cedí el paso, en un paso de cebra, a una mujer. Normal: peatón, paso de cebra, ceder el paso.

Era una abuelita, a ver, no se si tenía nietos o no, pero para mi era una abuelita.

Caminaba tipo teletubie, la rotundidad del cuerpo no le permitía moverse de otro modo, y su pelo corto aparecía despiadadamente revuelto por el viento de marzo (que este año nos ha llegado por adelantado) No sabría describir el color, pero era tirando a pelirrojo desgastado, sí, a pelirrojo desgastado, como el que tienen las panochas que cultivo en mi huerto de Sikeston (Misuri) y que observo tumbada desde la hamaca en los largos y cálidos veranos Paul Newmanianos. Las contemplo con una pierna fuera de la hamaca, aire despreocupado y bebiendo limonada. Así ha de hacerse, la gente sureña somos así: sureños.

La abuelita se emocionó, me miró a los ojos y me saludó. Yo me emocioné (eso no es difícil cuando una tiene el corazón desvalijado, descabalado, desvencijado y enamorado) y comencé a saludarla del mismo modo que ella a mí: levantando y balanceando grácilmente la mano. Parecíamos dos reinas saludando a nuestros cortesanos.

Permaneció todo el recorrido del paso meneando la mano y, cuando dio su trayecto por finalizado, sin fractura de cadera y con las tibias enteras, se detuvo, me sonrió y no pude evitar lanzarle una beso. ¡Zasca! te lanzo un beso porque sí, por guapa, porque te han brillado los ojos, porque tus pelos revueltos me han parecido de lo más fashion, porque paso de cebras y porque desde hace ya tiempo hago cosas que me hacen cosas, cosas que me provocan cosquillas, cosas que elijo sin aleatoriedad porque se que me van a sentar bien, como las rayas blancas y negras sientan a las cebras aunque pase de ellas: Bien.

Este verano tengo pensado visitar mi plantación de Sikeston (Misuri). Me tumbaré en la hamaca, me abriré una cerveza (seguramente ya habré tomado unas cuantas limonadas y necesite zumo de cebada) y observaré como el atardecer va enrojeciendo y anaranjando las mazorcas que crecen en ella. Irremediablemente, y me alegro de que así sea, me acordaré de la abuelita, de sus pelos de panocha, sonreiré y pasaré de cebras. Una vez que pasas de cebras ya no vuelves a atrás, jamás vuelves atrás. Hay que avanzar, hay que ceder el paso, hay que lanzar besos, detenerse un rato, pero una vez hecho esto es importante seguir avanzando, siempre avanzando.

Sushi Q.

 

 

 

De atracos, tirugones y mi móvil

Llevo ya un tiempo perdiendo el móvil a propósito. Ya se que perder y a propósito no encajan, pero me gustan las cosas que no encajan (y también las que encajan, como tus manos acariciándome la cara)

Pierdo el móvil, lo dejo por ahí por casa, a veces incluso silenciado (sí, soy una chunga: silenciado) y me digo así en alto :

-!A tomar por culo la vida! !móvil: que te den!

Y me pongo a hacer algo, sí, algo. Tengo siempre muchos algos que hacer y cuando no quiero hacer algo pues nado, no hago nada, nado, a crol, a espalda, a braza, me doy un abrazo cuando salgo del agua, respiro, me quiero, te quiero, os quiero.

!Móvil: que te den!

Hablo sola, sí, como todos los que me leéis, lo se, y si no lo hacéis pues os respeto vale, que soy la chunga pero soy tolerante. Pienso que hablar sola no es malo, salvo que te conteste alguien con voz ronca, navaja en mano y te suelte:

-Cierra el pico, rubia, abre la caja fuerte, dame las joyas, y no me mires a la cara o tendré que matarte (y no quiero matarte…)

Si eso sucede es que han entrado en tu casa y te están atracando y como eres la chunga y has dejado el móvil a tomar por culo la vida, pues no puedes llamar a los “Fuerzos y cuerpas de seguridad del Estado” (perdón por las erratas, me están atracando, estoy nerviosa ¿vale?) y tienes que asumir tu condición de atracada. Punto. Te jodes y te aguantas. Lo bueno es que como no tienes joyas (no te molan) ni caja fuerte y solo te queda un euro que guardas en el bolsillo derecho del abrigo para el carro del supermercado, pues contestas a tu atracador:

-Toma, atracador, un euro y unas croquetas de mi madre que hay en la nevera, pero no te lleves la birra, por favor, antes prefiero que me claves la navaja. Gracias.

Y entonces el atracador se apiada de ti y con gesto cabizbajo se va pensando:

-Pobrecilla, qué imbécil.

Y se va a atracar un barco.

Se acabó el atraco, ya no estoy nerviosa, me abro una cerveza y continúo hablando.

Dejo el móvil, me pongo a hacer algo, a observar como atardece. Ayer atardecía y el cielo que se veía desde mi cocina (no se el del resto de cocinas) era asalmonado, azul y no estaba enladrillado. Tenía unos colores estridentes, chirriantes, acojonantes, estaba tan bonito que observarlo hacía hasta daño.

-!Ala mamá qué presioso! parese juego quemado (fuego quemado)

Y la verdad es que era presioso, sí, maravilloso.

Me gusta que mi hijo vea cosas, toque cosas, sienta cosas, huela cosas. Me encanta enjabonarle la cabeza y dejar que se aclare con una regadera. La bañera se llena de tirugones (tiburones) de coches, de barcos hechos con botes de crema corporal que reciclo cuando se me han acabado.  Pierdo el móvil. Antes lo dejaba en el baño a mi lado, ahora lo pierdo, salvo cuando decido meterme con mi niño en la bañera y escuchar a Louis Armstrong.

He silenciado todas las notificaciobnes, todos los globos, las tiras, las alarmas …me he dado cuenta de que perdiendo el móvil gano momentos. Perder cosas me hace ganar algos. Perder el tiempo me hace encontrarlo. No tener joyas hace que los atracos sean frustrados.

Atardece, salmón en la cocina, la bañera se llena, el móvil a su bola, un tirugón acecha.

Sushi Q.