Destacado

De qué va este blog…

Tendemos a estar tristes los domingos, a quejarnos los lunes y a ponernos como motos los viernes.

Tendemos la ropa, tendemos a infinito, tendemos a la cordura cuando quizás lo más sano es elogiar, un pelín, a la locura.

Este blog va de lo otro, de las pequeñas-grandes cosas, de tender una mano a la alegría, a la gente corriente que da calambre. Va de música, de cine, de viajes, de amores pasionales. De mi hijo.

Soy rubia, tengo mis sombras y mis dudas, no pretendo sentar cátedra, una rubia jamás osaría a algo tan complicado…🤪

Leedme, no me leáis, pero tratad de ser felices, que la vida es un ratito, que se pira ¡que se va por una alcantarilla! Sonreíd, brindad, emborrachad a la tristeza, que es muy mala, que es muy negra…

Sushi Q.

La lógica de la razón pura

He vuelto a cambiar de color de uñas… Siempre que varío de perfume o color de uñas es que algo, dentro de mi, se está fraguando. Como soy rubia pues no me entero así mucho pero por dentro, mi inconsciente (sí, las rubias somos unas inconscientes) me dice: eh, nena, estoy tramando algo…

El sábado mi hijo me dejó flipada; le disfracé de pirata y nos convertimos en navegantes de un enorme barco que resultó ser mi cama.

-¡A la orden, mi capitán!- le espeté (de casa Tarradellas)

-¡A la orden, mi capitana!- me respondió con firmeza.

-¡Toma ya, muy bien! le dije. ¡Lenguaje inclusivo!- y chocamos las manos.

A ver, con 5 años no sabe que leches es eso de inclusivo pero le pregunté:

-Hijo ¿por qué has dicho mi capitana? y me contestó:

-Porque yo soy el capitán y tú, la capitana.

Punto y final. Más claro, agua.

Ayer, coloreando, tuvimos otro diálogo así curioso:

-Hijo cada día lo haces mejor, no te has salido nada.

-No me he salido ni un perique (es su manera de decir que no se ha salido nada, me parto)

-Mamá, tú tampoco te has salido, eres una buena dibujanta…

(¡Joder, otra vez! dije para mis adentros llena de emoción y perplejidad ¡estoy creando un monstruo feminista de la hostia!)

-Yo soy dibujante y tú, dibujanta…

-Pues claro hijo, así es…

Y continuamos coloreando y disfrutando como si nada. Cuando las cosas están claras y no necesitan explicación ¿para qué seguir hablando…?

Ojala la lógica aplastante y pura de los niños se metiera dentro de las cabezas deconstruidas y rancias de algunos mayores; el mundo sería más mejor y todos seríamos muy mejores amigos…

Por la noche, niño dormido, decidí que mi color de uñas ya no me representaba. Dejé a un lado el color coral que me ha acompañado estos dos últimos meses y me las pinté de un rojo intenso apasionado, como la pasión que siento por mi hijo y su lógica pura y arrolladora de niño de cinco años…

Sushi Q.

Jamás te dejaré sola

Y otro día más disfrutado.

Estoy reencontrándome, llevaba un tiempo perdida, demasiado azul en mi vida, demasiada intensidad y pirotecnia vacía.

Acabo de llegar del gimnasio, ejercito mi cuerpo, mi mente y mi alma. Salgo, entro, me rocío de vida de la cabeza a los juanetes. Mis sentidos se han agudizado.

Me siento tan fuerte, tan bonita y tan querida…

Está llegando nueva gente positiva a mi vida. He vuelto a abrir mis brazos y llevo una sonrisa casi perenne en los labios. Rojos, siempre rojos, a lo Robert Smith, o desnudos de carmín pero felices y curvados.

Sudo mucho, me canso, tengo agujetas de reírme y de deportivearme. Leo, escucho, comparto. La gente de siempre sigue ahí, a mi lado. La nueva gente aparece y nos vamos acomodando.

No lloro, no siento presión en el pecho, respiro pausadamente, no necesito esparcir ni arrojar confeti, no necesito buscar, lo bueno me va lloviendo, me va cayendo del cielo.

No hay incertidumbre, solo lo sencillo y lo sano anida en mis días. Pies en la tierra, calma chicha, ganas de todo sin necesidad de nada. Qué felicidad, estoy disfrutando tanto…

Mi hijo me dijo la otra noche: ‘jamás te dejaré sola’ Es un niño listo y sensible. Es lo que más amo. Cinco años y sabe más que los adultos que saben tanto.

‘Jamás te dejaré sola’ y nos abrazamos, nos sonreímos y dormimos de la mano.

Sushi Q.

*Vuelvo a ser.

La trapecista

Últimamente me siento viva, enérgica, fuerte; no es que antes no lo fuera, pero cuando decides saltar de tu trapecio sin red y ves que no te estampas contra el suelo, te recorre una sensación de control y poder sobre tu vida que nada ni nadie puede arrebatarte.

Son las 22:00, escucho a Aretha, la gran Aretha, freedooooom, freedoooom…

Anoche , comentaba con un reciente amigo (nunca sabes quién se va a cruzar en tu vida y la maravilla y curiosidad que eso genera) algo que llevo practicando muchos años y que, hasta ahora, a mí me ha funcionado: visualizar, visualizar aquello que anhelas, que necesitas, que quieres atraer a tu vida cuando estás en un pozo anegado de incertidumbre, miedo e irrealidad.

Comienzas a imaginar cómo quieres que sea después del salto del trapecio, lo visualizas, lo paladeas, lo hueles, casi hasta lo tocas y los pelos se te erizan, te emocionas… Aún queda dar el salto, es la parte más complicada y peligrosa, has de hacerlo con precisión, con sangre fría, sin corazón (ya habrá corazón para rato y latirá el tiempo que nos haya sido adjudicado) así que saltas de un trapecio a otro, a otro del cual no sabes nada, solo lo que has visualizado. No miras abajo, miras adelante, no miras atrás, el atrás solo es pasado, dejas tu vulnerabilidad, aprietas todos los músculos de tu cuerpo y entonces, cuando no aplaude nadie (es un circo vacío, tu circo, no necesitas aplausos, ni domador, ni payaso) respiras, te balanceas, te dejas mecer por tu nuevo trapecio y el otro, desde el que saltaste, ya no está, se fue y te encuentras sola, allá arriba llena de fuerza, ilusión y alegría.

Todas somos trapecistas, solo necesitamos saltar, atrevernos y no tener miedo, ese miedo a lo desconocido que nos frena y nos engulle sin tan siquiera pedirnos permiso. Todas somos trapecistas de nuestra vida: SALTA, el miedo no conduce a nada.

Sushi Q.

De bufandas otoñales y swing

Este otoño pienso estrenar bufanda. Ha de ser larga, muy larga y amorosa.

Larga porque ha de abarcar no solo a mí sino a lo que pienso atraer a mi vida: calma, sosiego y momentos amables.

Amorosa porque el otoño es la mejor estación para quererse y abrazarse a una misma.

No sé aún el color, eso ha de decidirlo el momento. Es como con los perfumes, cuando llueve utilizo uno, si hace sol elijo otro totalmente distinto. ¿No os sucede a vosotros?

Cada día que nace es un momento único y hay que aderezarlo con un perfume, un suspiro, un chasquido de dedos únicos.

Hablando de chascar dedos, hace tiempo que no escucho swing, creo que mañana mi banda sonora será un swing eléctrico que me recorra de la cabeza a los pies.

Os dejo con el gran Benny Goodman y un trocito de una peli que os recomiendo encarecidamente ver: Swing Kids (Los rebeldes del swing) es maravillosa, mágica.

Prometo poner foto de mi bufanda nueva y otoñal cuando la tenga; una vez que me la líe al cuello y chasque los dedos todo se volverá swing.

Sushi Q.

https://youtu.be/YibBVIYwQWs

De piratas buenas, barcos y fortaleza

Qué fácil es todo cuando encuentras el filo del celofán y, poquito a poco, con mucha delicadeza, logras estirarlo y pegar un trozo en el borde de una mesa.

Qué fácil resulta todo cuando encuentras el por qué y, mirando atrás, caes en la cuenta de que una aguja solo enhebra bien si el hilo y el ojo están al mismo nivel.

No sé coser pero tengo claras muchas cosas del coser y del querer. Los pespuntes no se me dan bien, prefiero hacer jirones la tela (Dios, qué palabra tan bonita y evocadora para mi sinestesia) y enharbolar una bandera pirata, pero de pirata buena.

Una vez, remando en canoa por el Estrecho de Magallanes (sí, qué pasa, he viajado mucho, enDibiosos) se me salió el nudillo de un dedo de la mano derecha. La metí en el agua helada y, pese al dolor, sobreviví y fui una pirata valiente y tenaz.

Heridas de guerra, heridas de guerrera. Me siento fuerte, soy fuerte, mucho. Mañana tendré agujetas, hoy di mi primera clase de body combat y acabé muerta. Me empleé bien, sudé como una cerda: es lo que hacen las valientes cuando encuentran los porqués e izan la bandera.

Me siento relajada, escucho el silencio mientras escribo desde la cama. Siempre sé en qué dirección remar, siempre encuentro mi camino sin necesidad de abordar otros barcos, sin dañarlos, sin hundirlos.

Dentro de poco voy a volver a viajar. Será un viaje sola, con un cuaderno, un boli y mi sensibilidad. No tengo miedo, haré mi mochila y la cargaré de ilusión y curiosidad; esos son los ingredientes que siempre hay que llevar: ilusión y curiosidad.

El miedo mata las ilusiones y, sin ilusiones, no se puede ni se debe remar.

Sushi Q.

Las valientes

Gracias es la palabra que más repito últimamente. Gracias y Maravilloso. Creo que son las palabras que más utilizo en mi vida diaria.

Gracias: porque hoy, y estos días, he recibido abrazos de los de verdad, de los que te dan porque te haces querer, porque te los mereces, porque te has rodeado de lo que desprendes.

Maravilloso o Maravillosa: porque sé que jamás, hasta que me muera, dejaré de sorprenderme por lo bestial que es la vida para lo bueno y lo malo.

Este fin de semana se avecinan tormentas. Me apasionan, me relajan, me emocionan. No necesito mucho para dar las gracias. Pedir demasiado no conduce a nada.

La vida son etapas. Estoy bien, estoy floja, estoy triste, estoy alegre. No puedes huir de la vida; por mucho que busques, por mucho que te escondas e intentes abarcar, al final se te pone de frente y tienes que esquivarla o continuar.

Las valientes nos enfrentamos a sus desbarajustes. Somos duras y resilientes.

Las valientes somos animales nocturnos y peligrosos.

Las valientes siempre salimos a flote sin necesidad de buscar cobijo en brazos desconocidos, en gentes improvisadas, en vasos vacíos de vida y llenos de hielo.

Los brazos desconocidos, las gentes improvisadas te dejan fría el alma. Son parches de nicotina que no sirven para dejar de fumar. El verdadero trabajo, la verdadera fortaleza está en enfrentarse a lo que escuece y atormenta sin más.

Una valiente sabe donde hay que frenar, donde no hay que detenerse y donde establecer su hogar. Sabe dar las gracias, reconocer sus errores, empatizar.

Una valiente ve la maravilla hasta en el dolor.

Una valiente duerme tranquila y se despierta sin resaca porque se ha enfrentado a pelo a la vida y ha sabido lidiarla.

Sushi Q.

Añicos

Ayer, limpiando el baño, dejé caer sin querer, o quizás queriendo, no estoy segura, un jarrón pesado lleno de flores compradas en un chino.

Tenía dos opciones: o maldecir el momento, soltar un montón de palabrotas y ponerme furiosa, o quedarme quieta un rato y esperar otra reacción.

Opté por permanecer como una estatua unos segundos, no abrir la boca y pensar cuál iba a ser mi siguiente paso.

Salí de puntillas del baño, el jarrón estaba destrozado, fui a la cocina, cogí dos bolsas y metí una dentro de otra. Me dirigí de nuevo al baño y, con mucho cuidado y delicadeza, fui recogiendo los trozos y guardándolos en las bolsas.

No estaba enfadada, estaba pensativa, fue como una señal: ese jarrón ya no debía estar ahí, ni sus piedras lisas de río dentro de él, ni siquiera las flores.

Cuando algo se hace añicos o bien lo restauras, o bien lo despides con cariño.

Hice una foto del suelo lleno de cristales, de las piedras por el suelo, de uno de los baldosines que se cascó por la brutalidad del impacto.

Los cristales los tiré esta mañana a la basura, las flores las coloqué en una mesa a la espera de ver qué hago con ellas, las piedras permanecen en otra bolsa en la cocina.

Me corté un dedo, fue un corte pequeño pero doloroso. Los añicos duelen. Duelen y escuecen.

Sigo deshaciéndome de cosas dolorosas. Las lágrimas de esta tarde también escocían pero, una vez enjugadas han hecho su magia: deshacer el nudo que llevo acumulado desde hace meses en la garganta.

Sushi Q. siempre avanzando, siempre valiente, siempre hacia delante.

*Intentaré buscar la foto del jarrón para ponerla. Hoy borré todas las fotos de mi móvil y me ha sido imposible rescatarla.

Dejo foto de las flores. Creo que las tiraré mañana…

*Logré rescatar la foto de los añicos. La pongo por aquí y voy a hacerme añicos, esta tarde, en mi rincón de las valientes. Pero solo un ratito…

Mi billete

Me siento liviana. Agosto se agosta y el otoño me abrazará, con su elegancia y ternura, como siempre hace.

Pocas cosas hay tan tiernas como las estaciones que uno ama.

Las de tren también son tiernas, aunque hay veces que los trenes no parten porque somos nosotros los que no dejamos que lo hagan. Nos da miedo comprar nuestro billete por si acabamos en lugares inhóspitos (me encanta esta palabra), desconocidos, extraños.

Entonces, un día, o durante varios, te vas dando cuenta de que llevas un tiempo triste, muy triste, desilusionada, sin brillo en los ojos y decides que el tren ha de partir y que es hora de comprar tu billete.

Ya es mío. Lo compré hoy. Es sólo de ida, las vueltas no van conmigo.

No sé qué me deparará el destino, únicamente me importa el viaje.

De lo que sí estoy segura es de que atraeré lo bueno, lo de colores, lo azul, la lluvia; que me rodearé de ilusión, que volveré a sonreír y a enamorarme de la vida. Es lo que hacen las valientes cuando el verano se agosta, los trenes no parten y las margaritas ya no aparecen por mucho que las esperes: soltar lastre, quitarse mochilas dañinas y pesadas y no temer a las estaciones de tren por las que se avance.

Me siento valiente, mimosa, esperanzada. Me siento liviana. Ya tengo mi billete, no pienso cambiarlo, devolverlo o extraviarlo.

Sushi Q.

Las noches de Cabiria

Aún bebo el zumo de naranja de un trago por si se le van las vitaminas, sé que el agua oxigenada cura cuando empieza a burbujear sobre la herida, si te muerdes la lengua las avispas no pican…

Madres: con sus taras y sus tarantelas, enseñándonos a vivir como hicieron las suyas con ellas y recogiendo nuestros pedazos cuando, inevitablemente, nos estrellamos. Absorbemos todo, lo bueno y lo menos bueno. Mi hijo sabe cómo alimentar gusanos de seda, conoce el ris-ris que se escucha cada vez que mordisquean las hojas de morera. Es parte de mi herencia.

Madres, abuelas, tías… mujeres, en cualquier lugar del mundo, educando, transmitiendo lo que a ellas les legaron. Herencias que se van perpetuando, otras que mueren, algunas que reavivamos.

En Pekín, hace años, me quedé fascinada observando a un grupo de mujeres que elaboraban dim sum mientras seguían, absortas, un culebrón en televisión. En España es igual solo que elaboran croquetas y los culebrones son en sudamericano.

Mujeres, costumbres, hermandad, sororidad en este mundo que a veces te duele y otras te besa apasionadamente.

Y de pronto, hace unos meses, me encuentro en un avión en el aeropuerto de Chicago destino Whasington (viaje de trabajo) se sienta a mi lado una ancianita de ochenta y pico años, me mira, sonreímos, nos damos los buenos días. Es de Utah, va a Whasington para ver a sus hijos. Al poco, aparece otra abuelita, colombiana, que no sabe inglés. Hago de intérprete entre las vidas de una y otra. Las dos tienen muchos hijos y nietos, yo tengo mucho sueño.

El avión despega, sigo teniendo miedo a volar pero continúo venciéndolo (es lo que hacen las valientes cuando les puede más el ansia por conocer que el miedo al propio miedo)

La anciana de Utah se duerme, la observo, me dejo llevar por el movimiento del avión, he descubierto que es lo mejor para combatir el miedo, me acoplo a él, no me opongo ni me tenso, aprendo que es mejor dejarse llevar, total, al final, todos moriremos.

Observo a la anciana, hace frío, va en pantalón corto, me quito la chaqueta y le cubro las piernas. Me mira somnolienta con sus ojos de ratón, me sonríe y se vuelve a dormir.

Aterrizamos, me dejan salir rápido, tengo que coger otro vuelo y solo dispongo de una hora y para mi eso es poco porque soy muy nerviosa. Me despido, encuentro mi conexión, compro una botella de agua, la abro y estalla (tiene gas, como no) me empapo, mojo a la de al lado que me mira mal, le pido disculpas en inglés y me contesta en español, un español borde. Me da igual.

Estoy agotada y contenta me encantan los aeropuertos, observar, inventarme las vidas de cada pasajero…

Despego relajada, el truco de dejarme llevar parece que funciona. Duermo, duermo, duermo.

Esta noche estoy cansada, es 24 de agosto de 2018, acaban de dar las doce, ya no es 23. Mi hijo duerme plácidamente después de contarle historias de conejos, marcianos y estrellas de mar.

Estoy cansada de muchas cosas pero tranquila. Me cansé. Me siento como en ‘Las noches de Cabiria’: desilusionada pero esperanzada. Es un sentimiento extraño por eso necesito escribirlo y desahogarlo.

Estoy agotada, lloro pero sonrío. Pienso en las mujeres de Pekín elaborando dim sum mientras disfrutan de su telenovela, pienso en mi madre de la que tanto bueno y menos bueno he heredado, pienso en Cabiria, en los músicos que la acompañan al final de la película. Imagino a la abuela de Utah rodeada de sus hijos y nietos.

Necesitaba escribir, soltar esto, pedacitos de vida, fragmentos de un mundo descolocado que hay veces, como esta noche, en las que es mejor no ordenarlo y dejarse llevar como en un vuelo, como Cabiria y sus lágrimas finales de tristeza y alegría.

Sushi Q.