Hay que dejar espacio 

Hay que dejar espacio. Los rincones se llenan de pelusas.

Hay que dejar surgir. Lo forzado no amanece, no da frutos, no es azul como los miércoles.

Tengo la costumbre de dibujar corazones abiertos; se los dibujo a mi hijo, a mis sobrinos, a mis amigos…

Los corazones cerrados son como los abrefáciles de los envases de café: al final, acaba una mordiéndolos, rasgándolos, cortándolos con las tijeras y termina todo derramado por los rincones, por las esquinas, por los quicios de la puertas, por peteneras…

Hay que dejar volar a las mariquitas, no arrancarles las alas, que son suyas, que son coquetas y bonitas, que quitarles las alas no les hace cosquillas.

Hay que dejar espacio. Fluir. No retener el agua, no contener la lluvia. Hay que dejar el corazón abierto, las palmas hacia arriba, que se cuelen tormentas de verano en la cocina…

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