Paso de cebras

Ayer cedí el paso, en un paso de cebra, a una mujer. Normal: peatón, paso de cebra, ceder el paso.

Era una abuelita, a ver, no se si tenía nietos o no, pero para mi era una abuelita.

Caminaba tipo teletubie, la rotundidad del cuerpo no le permitía moverse de otro modo, y su pelo corto aparecía despiadadamente revuelto por el viento de marzo (que este año nos ha llegado por adelantado) No sabría describir el color, pero era tirando a pelirrojo desgastado, sí, a pelirrojo desgastado, como el que tienen las panochas que cultivo en mi huerto de Sikeston (Misuri) y que observo tumbada desde la hamaca en los largos y cálidos veranos Paul Newmanianos. Las contemplo con una pierna fuera de la hamaca, aire despreocupado y bebiendo limonada. Así ha de hacerse, la gente sureña somos así: sureños.

La abuelita se emocionó, me miró a los ojos y me saludó. Yo me emocioné (eso no es difícil cuando una tiene el corazón desvalijado, descabalado, desvencijado y enamorado) y comencé a saludarla del mismo modo que ella a mí: levantando y balanceando grácilmente la mano. Parecíamos dos reinas saludando a nuestros cortesanos.

Permaneció todo el recorrido del paso meneando la mano y, cuando dio su trayecto por finalizado, sin fractura de cadera y con las tibias enteras, se detuvo, me sonrió y no pude evitar lanzarle una beso. ¡Zasca! te lanzo un beso porque sí, por guapa, porque te han brillado los ojos, porque tus pelos revueltos me han parecido de lo más fashion, porque paso de cebras y porque desde hace ya tiempo hago cosas que me hacen cosas, cosas que me provocan cosquillas, cosas que elijo sin aleatoriedad porque se que me van a sentar bien, como las rayas blancas y negras sientan a las cebras aunque pase de ellas: Bien.

Este verano tengo pensado visitar mi plantación de Sikeston (Misuri). Me tumbaré en la hamaca, me abriré una cerveza (seguramente ya habré tomado unas cuantas limonadas y necesite zumo de cebada) y observaré como el atardecer va enrojeciendo y anaranjando las mazorcas que crecen en ella. Irremediablemente, y me alegro de que así sea, me acordaré de la abuelita, de sus pelos de panocha, sonreiré y pasaré de cebras. Una vez que pasas de cebras ya no vuelves a atrás, jamás vuelves atrás. Hay que avanzar, hay que ceder el paso, hay que lanzar besos, detenerse un rato, pero una vez hecho esto es importante seguir avanzando, siempre avanzando.

Sushi Q.

 

 

 

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