Dame sal, Bill

Anoche estaba friéndome unos huevos a distancia. Sí, los frío a distancia pero sin mando, agarrando la espumadera como si practicara esgrima y apartando mi cuerpo hacia atrás en una graciosa pose digna de pin up. He mejorado la técnica, no os creáis, antes los freía con los ojos cerrados, porque todo el mundo sabe que cuando cierras los ojos nada malo puede pasarte, y ahora, ya veis, incluso los abro ¡bravo!

Cada uno tiene sus cosillas: freír huevos a distancia, mascar chicle sin parar, golpear con los nudillos todos los muebles de Ikea, tomar infusión de jengibre con canela por la noche… lo probé en Vietnam y me supo a gloria, ahora me sabe a gloria pero no estoy en Vietnam. Algún día os hablaré de Vietnam, hoy no toca, hoy quiero hablaros de Bill, mi vecino de al lado. Volvamos a los huevos de anoche.

En esas estaba, friendo los huevos, cuando ¡oh cielos! (bueno, en realidad dije: ¡hostia puta!) no quedaba sal en el cuenco rojo con lunares blancos donde guardo la sal. Los lunares blancos sobre fondo rojo me alegran la vista, no se, me alegran más la vista los lunares blancos sobre fondo rojo que el negro del pollón. Ya sé que no tiene nada que ver, ya lo sé, pero es lo que se me ha pasado por la cabeza, punto. Y no es racismo, ni ostracismo, ni snobismo, que no os engañen, ¿eh? que no os engañen, es simplemente una cuestión de gustos.

Huevos. Sigo.

Acabé de freírlos, los coloqué en un plato hondo y pensé (voy a ver si Bill tiene sal) Salí de mi casa, me atusé la coleta y llamé a su timbre. Después de un minuto o dos, Bill apareció:

-Hola Bill, dame sal.

Se apretó el cinturón de la bata, asintió con la cabeza, se dirigió a la cocina y me entregó su salero.

-Gracias, Bill.

Levantó su mano para despedirse en plan indio del oeste americano, cerró la puerta y me metí en casa a saltear los huevos (aunque sería más correcto decir asaltarlos dado el brío, a lo Íñigo Montoya, con el que agarro la espumadera)

Qué majo es Bill, pensé ya con mi salero. Se mudó hace unos meses a mi bloque y la verdad es que es buen vecino. No arma escándalos, siempre saluda en la escalera (lo cual lo convierte en asesino en potencia y eso me tranquiliza) y, si quiero desahogarme, voy a su casa, tomamos un café etíope con Mulatu Astatke de fondo, hablo, hablo y hablo y él permanece callado escuchando, con las manos juntas y muy erguido. A veces responde, pero si sigo hablando vuelve a callarse y a escuchar. No le molestan las interrupciones, es elegante, educado y tierno. Cuando acabo nos despedimos, le doy un abrazo, él me da palmaditas en la espalda, así  como de ánimo y cada uno a su casa.

-Dame sal, Bill.

Me encanta. 

Y la vida sigue, aunque las flores estén rotas y en Tokio suene More than this a todo trapo.

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