Cómo sentirse y/o sentarse bien.

Me siento bien sobre la alfombra del salón, con un libro, en mallas y una infusión de jengibre recién preparada.

Me siento bien en una silla de la cocina, hablando con mi chico, alumbrados por frascos de conserva que relleno de velas.

Me siento bien en las escaleras del portal, observando como mi hijo abre la puerta. Necesita su tiempo, no le acelero, le dejo que aprenda, que se ilusione, que disfrute, que se apasione. Gano tiempo yendo despacio.

Me siento bien según se va alejando el verano. El largo y cálido verano…

Me siento bien estirando las mangas de mi nuevo jersey de rayas.

Últimamente las tontadas no me rayan.

Me gusta el olor a la ralladura de limón.

Los discos rallados no me ponen nada.

Me siento bien echándome una manta, caminando descalza por casa porque ya se nota el fresco y puedo empezar a usar mis calcetines grises con su bordecito malva.

Me siento bien apoyando la espalda en el nuevo cabecero de mi cama. Parece un cuadro renacentista, es primavera en mi habitación pero otoño en mi interior.

He aprendido que para sentirse bien solo es necesario no sentirse mal, sentarse adecuadamente y rodearse de buenos ingredientes: silencio, algarabía, gente de amor, besos de vaca, pellizcos en la barriga, plastilina azul mezclada con morada…

La alegría se contagia. La energía se contagia. Me sienta bien ser portadora de alegría, me viene bien ser camella de buen rollo y carcajadas.

¿Podéis sonreir un poco? ¿podéis sentaros bien ahora mismo y sentiros bien aunque solo sea por un segundo?

Estoy segura de que podéis. Os animo a hacerlo y a contármelo luego 🙂

rayas

 

 

 

 

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Lo que se aprende de las salamandras

Pensaba escribir acerca de nuestras vacaciones, de los 1.800 kilómetros existentes entre Cracovia y Budapest si uno conduce, carretera y mantra, deteniéndose en una Venecia que no estaba en ruta pero nos atrapa. No lo haré, sin embargo, necesito escribir de algo carente de rumbo, sin itinerario. 

Hoy me apetece escribir sobre palabras, de conversaciones de porche hasta las mil de la mañana, acerca del disfrute de lo sutil, sobre lo que se aprende del silencio y de las salamandras.

Necesito hablar del poco interés que me generan las vidas prefabricadas, esas vidas carentes de pausas, saturadas de compromisos, de postureos, de sonrisas con la boca que los ojos no acompañan, de hipocresía rancia, repletas de todo y vacías de esencia, de sustancia. Vidas sin tuétano.

El otro día alguien me dijo:

-Eres auténtica, Sushi Q. 

Me sentí reconfortada, bien. Mola ser auténtica, o que así te consideren sin tener tú consciencia de nada. Me gustó mucho aquello. No sé si lo soy, pero tengo claro que si estoy mal no me planto una sonrisa de plexiglás en la cara; si estoy mal, lloro, hablo sola, digo palabrotas, agoto las existencias de clínex y dejo que se me hinchen los ojos como una rana afónica y amargada.

También sé que cuando estoy bien, sonrío, sonrío muy grande, muy alto y contagio de alegría al que está a mi lado.

Cuando no quiero hablar, callo, escucho y me maravillo, o no, de lo que otros hablan, sueltan, largan… Vigilo a las salamandras del porche cuando callo. Estiro las piernas, las observo, aprendo del sigilo de sus movimientos, de su fuerza para no caer, de sus ojos saltones y de cómo el salamandro se acerca a la salamandra y ésta huye dejándole el alma destrozada.

Escucho más que hablo, salvo cuando estoy contigo, claro… cuando estoy contigo no paro… ¿A quién podría contarle, sino, que las salamandras están flirteando o que cuando dices abedul veo y paladeo una gominola azul? Podría contárselo a cualquiera, pero es que cualquiera no entiende de sinestesias. 

Sutil, mantra, silencio, esencia, sustancia, tuétano, sigilo, abedul, sinestesia…es alucinante lo que se puede aprender de las salamandras tan sólo con detenerse y observarlas…