La gran belleza

El otro día vi por cuarta o quinta vez una peli maravillosa llamada La gran belleza. En una escena, el prota, Jep Gambardella, del que es imposible no enamorarse, decía que lo que más le gustaba de la vida era el olor de las casas de los viejos:

De pequeños, a esta pregunta, mis amigos daban siempre la misma respuesta: “Los coños”. Pero yo respondía: “El olor de las casas de los viejos”. La pregunta era: “¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida?”. Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor. Estaba destinado a convertirme en Jep Gambardella.

Los olores son algo así como el Delorean de los sentidos, te transportan al pasado con una facilidad pasmosa, siempre lo he pensado. Anoche, hablando con mi compañero, llegamos a la conclusión de que el olfato es el sentido más evocador que existe y comenzamos a recorrer el Mundo contándonos los olores de nuestros viajes juntos y por separado.

Él me hablaba del penetrante olor a madera que le atrapó visitando los templos en Japón; yo le contaba la mezcla de olor a gasolina y comida que rezuma por las calles de Hanói. En Hawaii, según él, huele a día soleado a punto de llover y que en diez minutos estará nublado, que es verde luminoso y que en el mar hay peces de colores en lugar de barbos. Yo le explicaba que en Ushuaia olía a chimenea y a carne churruscada, que en Shanghai casi no se puede respirar por la contaminación que hay y que en San Francisco huele a Libertad.

También hablamos de sonidos, como el del suelo crujiente del hotel en el que nos alojamos en Krakovia y cómo se escuchaban los cascos de los caballos sobre los adoquines desde la habitación.

La nuestra es una historia peculiar, es un diálogo incesante de Vida. Es común vernos enmadejados en conversaciones acerca de lexemas, política, colores (sobre todo azules) películas, órganos del cuerpo humano, niños (los nuestros) Es fácil que saltemos de un tema a otro y que no sepamos cómo llegamos hasta ahí ni nos importe.

Mola olisquear la vida junto a alguien que es como tú; nos conocimos en un parking, montamos una road movie improvisada, y el viaje, que es lo realmente importante, nos está regalando momentos inolvidables. Es un placer viajar con Usted (y con Billy, la trucha viajera) Es un placer poder observar juntos la gran belleza que nos rodea.

Sushi Q.

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El Hueso de la Risa

Sin el Hueso de la Risa todo sería inexorablemente gris; el gris huele a cemento y a hormigón, solo me gusta el gris cuando tiñe las nubes blancas y las lagrimea.

La vida te golpea, te zarandea pero al final, si no te mata, acabas riéndote de ella y con ella. Ahí está, el Hueso: roto, astillado, machacado… un día eres añicos pero no te falta humor, humor vítreo, que convierte tus ojos en mares cuando te das en el Hueso de la Risa contra el quicio de la puerta haciendo una pirueta.

Hay gente que nace sin Hueso de la Risa, yo tengo varios (y ovarios). Sería conveniente nacer con huesecillos de estos ya de serie; la gente es seria, muy seria y llora solo de llorar no de reír, digo los sin Hueso. Estaría bien llorar de reír más a menudo, partirse la caja, romperse los huesos y hacer un cocido madrileño.

Mis huesos de la risa están en ambos codos, en las muñecas y en el tobillo izquierdo. Ser un poco inestable y torpe tiene sus ventajas, suelo echarle la culpa a las placas tectónicas, que se mueven a mi paso, pero soy yo que me golpeo aquí, un poco allá y claro… mis huesecillos hacen magia y una risa tonta acaba estampada en mi cara.

Ojalá todos conociéramos dónde se encuentra nuestro hueso. Os animo a buscarlo, a ir al osteópata, a radiografiaros. Una vez que lo encuentras lo que duele sigue haciendo daño, pero el dolor es menos agudo, menos retorcido, menos malo.

Sushi Q.

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