El Hueso de la Risa

Sin el Hueso de la Risa todo sería inexorablemente gris; el gris huele a cemento y a hormigón, solo me gusta el gris cuando tiñe las nubes blancas y las lagrimea.

La vida te golpea, te zarandea pero al final, si no te mata, acabas riéndote de ella y con ella. Ahí está, el Hueso: roto, astillado, machacado… un día eres añicos pero no te falta humor, humor vítreo, que convierte tus ojos en mares cuando te das en el Hueso de la Risa contra el quicio de la puerta haciendo una pirueta.

Hay gente que nace sin Hueso de la Risa, yo tengo varios (y ovarios). Sería conveniente nacer con huesecillos de estos ya de serie; la gente es seria, muy seria y llora solo de llorar no de reír, digo los sin Hueso. Estaría bien llorar de reír más a menudo, partirse la caja, romperse los huesos y hacer un cocido madrileño.

Mis huesos de la risa están en ambos codos, en las muñecas y en el tobillo izquierdo. Ser un poco inestable y torpe tiene sus ventajas, suelo echarle la culpa a las placas tectónicas, que se mueven a mi paso, pero soy yo que me golpeo aquí, un poco allá y claro… mis huesecillos hacen magia y una risa tonta acaba estampada en mi cara.

Ojalá todos conociéramos dónde se encuentra nuestro hueso. Os animo a buscarlo, a ir al osteópata, a radiografiaros. Una vez que lo encuentras lo que duele sigue haciendo daño, pero el dolor es menos agudo, menos retorcido, menos malo.

Sushi Q.

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