Las noches de Cabiria

Aún bebo el zumo de naranja de un trago por si se le van las vitaminas, sé que el agua oxigenada cura cuando empieza a burbujear sobre la herida, si te muerdes la lengua las avispas no pican…

Madres: con sus taras y sus tarantelas, enseñándonos a vivir como hicieron las suyas con ellas y recogiendo nuestros pedazos cuando, inevitablemente, nos estrellamos. Absorbemos todo, lo bueno y lo menos bueno. Mi hijo sabe cómo alimentar gusanos de seda, conoce el ris-ris que se escucha cada vez que mordisquean las hojas de morera. Es parte de mi herencia.

Madres, abuelas, tías… mujeres, en cualquier lugar del mundo, educando, transmitiendo lo que a ellas les legaron. Herencias que se van perpetuando, otras que mueren, algunas que reavivamos.

En Pekín, hace años, me quedé fascinada observando a un grupo de mujeres que elaboraban dim sum mientras seguían, absortas, un culebrón en televisión. En España es igual solo que elaboran croquetas y los culebrones son en sudamericano.

Mujeres, costumbres, hermandad, sororidad en este mundo que a veces te duele y otras te besa apasionadamente.

Y de pronto, hace unos meses, me encuentro en un avión en el aeropuerto de Chicago destino Whasington (viaje de trabajo) se sienta a mi lado una ancianita de ochenta y pico años, me mira, sonreímos, nos damos los buenos días. Es de Utah, va a Whasington para ver a sus hijos. Al poco, aparece otra abuelita, colombiana, que no sabe inglés. Hago de intérprete entre las vidas de una y otra. Las dos tienen muchos hijos y nietos, yo tengo mucho sueño.

El avión despega, sigo teniendo miedo a volar pero continúo venciéndolo (es lo que hacen las valientes cuando les puede más el ansia por conocer que el miedo al propio miedo)

La anciana de Utah se duerme, la observo, me dejo llevar por el movimiento del avión, he descubierto que es lo mejor para combatir el miedo, me acoplo a él, no me opongo ni me tenso, aprendo que es mejor dejarse llevar, total, al final, todos moriremos.

Observo a la anciana, hace frío, va en pantalón corto, me quito la chaqueta y le cubro las piernas. Me mira somnolienta con sus ojos de ratón, me sonríe y se vuelve a dormir.

Aterrizamos, me dejan salir rápido, tengo que coger otro vuelo y solo dispongo de una hora y para mi eso es poco porque soy muy nerviosa. Me despido, encuentro mi conexión, compro una botella de agua, la abro y estalla (tiene gas, como no) me empapo, mojo a la de al lado que me mira mal, le pido disculpas en inglés y me contesta en español, un español borde. Me da igual.

Estoy agotada y contenta me encantan los aeropuertos, observar, inventarme las vidas de cada pasajero…

Despego relajada, el truco de dejarme llevar parece que funciona. Duermo, duermo, duermo.

Esta noche estoy cansada, es 24 de agosto de 2018, acaban de dar las doce, ya no es 23. Mi hijo duerme plácidamente después de contarle historias de conejos, marcianos y estrellas de mar.

Estoy cansada de muchas cosas pero tranquila. Me cansé. Me siento como en ‘Las noches de Cabiria’: desilusionada pero esperanzada. Es un sentimiento extraño por eso necesito escribirlo y desahogarlo.

Estoy agotada, lloro pero sonrío. Pienso en las mujeres de Pekín elaborando dim sum mientras disfrutan de su telenovela, pienso en mi madre de la que tanto bueno y menos bueno he heredado, pienso en Cabiria, en los músicos que la acompañan al final de la película. Imagino a la abuela de Utah rodeada de sus hijos y nietos.

Necesitaba escribir, soltar esto, pedacitos de vida, fragmentos de un mundo descolocado que hay veces, como esta noche, en las que es mejor no ordenarlo y dejarse llevar como en un vuelo, como Cabiria y sus lágrimas finales de tristeza y alegría.

Sushi Q.

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