Mi billete

Me siento liviana. Agosto se agosta y el otoño me abrazará, con su elegancia y ternura, como siempre hace.

Pocas cosas hay tan tiernas como las estaciones que uno ama.

Las de tren también son tiernas, aunque hay veces que los trenes no parten porque somos nosotros los que no dejamos que lo hagan. Nos da miedo comprar nuestro billete por si acabamos en lugares inhóspitos (me encanta esta palabra), desconocidos, extraños.

Entonces, un día, o durante varios, te vas dando cuenta de que llevas un tiempo triste, muy triste, desilusionada, sin brillo en los ojos y decides que el tren ha de partir y que es hora de comprar tu billete.

Ya es mío. Lo compré hoy. Es sólo de ida, las vueltas no van conmigo.

No sé qué me deparará el destino, únicamente me importa el viaje.

De lo que sí estoy segura es de que atraeré lo bueno, lo de colores, lo azul, la lluvia; que me rodearé de ilusión, que volveré a sonreír y a enamorarme de la vida. Es lo que hacen las valientes cuando el verano se agosta, los trenes no parten y las margaritas ya no aparecen por mucho que las esperes: soltar lastre, quitarse mochilas dañinas y pesadas y no temer a las estaciones de tren por las que se avance.

Me siento valiente, mimosa, esperanzada. Me siento liviana. Ya tengo mi billete, no pienso cambiarlo, devolverlo o extraviarlo.

Sushi Q.

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