Jamás te dejaré sola

Y otro día más disfrutado.

Estoy reencontrándome, llevaba un tiempo perdida, demasiado azul en mi vida, demasiada intensidad y pirotecnia vacía.

Acabo de llegar del gimnasio, ejercito mi cuerpo, mi mente y mi alma. Salgo, entro, me rocío de vida de la cabeza a los juanetes. Mis sentidos se han agudizado.

Me siento tan fuerte, tan bonita y tan querida…

Está llegando nueva gente positiva a mi vida. He vuelto a abrir mis brazos y llevo una sonrisa casi perenne en los labios. Rojos, siempre rojos, a lo Robert Smith, o desnudos de carmín pero felices y curvados.

Sudo mucho, me canso, tengo agujetas de reírme y de deportivearme. Leo, escucho, comparto. La gente de siempre sigue ahí, a mi lado. La nueva gente aparece y nos vamos acomodando.

No lloro, no siento presión en el pecho, respiro pausadamente, no necesito esparcir ni arrojar confeti, no necesito buscar, lo bueno me va lloviendo, me va cayendo del cielo.

No hay incertidumbre, solo lo sencillo y lo sano anida en mis días. Pies en la tierra, calma chicha, ganas de todo sin necesidad de nada. Qué felicidad, estoy disfrutando tanto…

Mi hijo me dijo la otra noche: ‘jamás te dejaré sola’ Es un niño listo y sensible. Es lo que más amo. Cinco años y sabe más que los adultos que saben tanto.

‘Jamás te dejaré sola’ y nos abrazamos, nos sonreímos y dormimos de la mano.

Sushi Q.

*Vuelvo a ser.

La trapecista

Últimamente me siento viva, enérgica, fuerte; no es que antes no lo fuera, pero cuando decides saltar de tu trapecio sin red y ves que no te estampas contra el suelo, te recorre una sensación de control y poder sobre tu vida que nada ni nadie puede arrebatarte.

Son las 22:00, escucho a Aretha, la gran Aretha, freedooooom, freedoooom…

Anoche , comentaba con un reciente amigo (nunca sabes quién se va a cruzar en tu vida y la maravilla y curiosidad que eso genera) algo que llevo practicando muchos años y que, hasta ahora, a mí me ha funcionado: visualizar, visualizar aquello que anhelas, que necesitas, que quieres atraer a tu vida cuando estás en un pozo anegado de incertidumbre, miedo e irrealidad.

Comienzas a imaginar cómo quieres que sea después del salto del trapecio, lo visualizas, lo paladeas, lo hueles, casi hasta lo tocas y los pelos se te erizan, te emocionas… Aún queda dar el salto, es la parte más complicada y peligrosa, has de hacerlo con precisión, con sangre fría, sin corazón (ya habrá corazón para rato y latirá el tiempo que nos haya sido adjudicado) así que saltas de un trapecio a otro, a otro del cual no sabes nada, solo lo que has visualizado. No miras abajo, miras adelante, no miras atrás, el atrás solo es pasado, dejas tu vulnerabilidad, aprietas todos los músculos de tu cuerpo y entonces, cuando no aplaude nadie (es un circo vacío, tu circo, no necesitas aplausos, ni domador, ni payaso) respiras, te balanceas, te dejas mecer por tu nuevo trapecio y el otro, desde el que saltaste, ya no está, se fue y te encuentras sola, allá arriba llena de fuerza, ilusión y alegría.

Todas somos trapecistas, solo necesitamos saltar, atrevernos y no tener miedo, ese miedo a lo desconocido que nos frena y nos engulle sin tan siquiera pedirnos permiso. Todas somos trapecistas de nuestra vida: SALTA, el miedo no conduce a nada.

Sushi Q.

De bufandas otoñales y swing

Este otoño pienso estrenar bufanda. Ha de ser larga, muy larga y amorosa.

Larga porque ha de abarcar no solo a mí sino a lo que pienso atraer a mi vida: calma, sosiego y momentos amables.

Amorosa porque el otoño es la mejor estación para quererse y abrazarse a una misma.

No sé aún el color, eso ha de decidirlo el momento. Es como con los perfumes, cuando llueve utilizo uno, si hace sol elijo otro totalmente distinto. ¿No os sucede a vosotros?

Cada día que nace es un momento único y hay que aderezarlo con un perfume, un suspiro, un chasquido de dedos únicos.

Hablando de chascar dedos, hace tiempo que no escucho swing, creo que mañana mi banda sonora será un swing eléctrico que me recorra de la cabeza a los pies.

Os dejo con el gran Benny Goodman y un trocito de una peli que os recomiendo encarecidamente ver: Swing Kids (Los rebeldes del swing) es maravillosa, mágica.

Prometo poner foto de mi bufanda nueva y otoñal cuando la tenga; una vez que me la líe al cuello y chasque los dedos todo se volverá swing.

Sushi Q.

https://youtu.be/YibBVIYwQWs

De piratas buenas, barcos y fortaleza

Qué fácil es todo cuando encuentras el filo del celofán y, poquito a poco, con mucha delicadeza, logras estirarlo y pegar un trozo en el borde de una mesa.

Qué fácil resulta todo cuando encuentras el por qué y, mirando atrás, caes en la cuenta de que una aguja solo enhebra bien si el hilo y el ojo están al mismo nivel.

No sé coser pero tengo claras muchas cosas del coser y del querer. Los pespuntes no se me dan bien, prefiero hacer jirones la tela (Dios, qué palabra tan bonita y evocadora para mi sinestesia) y enharbolar una bandera pirata, pero de pirata buena.

Una vez, remando en canoa por el Estrecho de Magallanes (sí, qué pasa, he viajado mucho, enDibiosos) se me salió el nudillo de un dedo de la mano derecha. La metí en el agua helada y, pese al dolor, sobreviví y fui una pirata valiente y tenaz.

Heridas de guerra, heridas de guerrera. Me siento fuerte, soy fuerte, mucho. Mañana tendré agujetas, hoy di mi primera clase de body combat y acabé muerta. Me empleé bien, sudé como una cerda: es lo que hacen las valientes cuando encuentran los porqués e izan la bandera.

Me siento relajada, escucho el silencio mientras escribo desde la cama. Siempre sé en qué dirección remar, siempre encuentro mi camino sin necesidad de abordar otros barcos, sin dañarlos, sin hundirlos.

Dentro de poco voy a volver a viajar. Será un viaje sola, con un cuaderno, un boli y mi sensibilidad. No tengo miedo, haré mi mochila y la cargaré de ilusión y curiosidad; esos son los ingredientes que siempre hay que llevar: ilusión y curiosidad.

El miedo mata las ilusiones y, sin ilusiones, no se puede ni se debe remar.

Sushi Q.

Gracias, maravilloso, valiente

Gracias es la palabra que más repito últimamente. Gracias y Maravilloso. Creo que son las palabras que más utilizo en mi vida diaria.

Gracias: porque hoy, y estos días, he recibido abrazos de los de verdad, de los que te dan porque te haces querer, porque te los mereces, porque te has rodeado de lo que desprendes.

Maravilloso o Maravillosa: porque sé que jamás, hasta que me muera, dejaré de sorprenderme por lo bestial que es la vida para lo bueno y lo malo.

Este fin de semana se avecinan tormentas. Me apasionan, me relajan, me emocionan. No necesito mucho para dar las gracias. Pedir demasiado no conduce a nada.

La vida son etapas. Estoy bien, estoy floja, estoy triste, estoy alegre. No puedes huir de la vida; por mucho que busques, por mucho que te escondas e intentes abarcar, al final se te pone de frente y tienes que esquivarla o continuar.

Las valientes nos enfrentamos a sus desbarajustes. Somos duras y resilientes.

Las valientes somos animales nocturnos y peligrosos.

Las valientes siempre salimos a flote sin necesidad de buscar cobijo en brazos desconocidos, en gentes improvisadas, en vasos vacíos de vida y llenos de hielo.

Los brazos desconocidos, las gentes improvisadas te dejan fría el alma. Son parches de nicotina que no sirven para dejar de fumar. El verdadero trabajo, la verdadera fortaleza está en enfrentarse a lo que escuece y atormenta sin más.

Una valiente sabe donde hay que frenar, donde no hay que detenerse y donde establecer su hogar. Sabe dar las gracias, reconocer sus errores, empatizar.

Una valiente ve la maravilla hasta en el dolor.

Una valiente duerme tranquila y se despierta sin resaca porque se ha enfrentado a pelo a la vida y ha sabido lidiarla.

Sushi Q.

Añicos

Ayer, limpiando el baño, dejé caer sin querer, o quizás queriendo, no estoy segura, un jarrón pesado lleno de flores compradas en un chino.

Tenía dos opciones: o maldecir el momento, soltar un montón de palabrotas y ponerme furiosa, o quedarme quieta un rato y esperar otra reacción.

Opté por permanecer como una estatua unos segundos, no abrir la boca y pensar cuál iba a ser mi siguiente paso.

Salí de puntillas del baño, el jarrón estaba destrozado, fui a la cocina, cogí dos bolsas y metí una dentro de otra. Me dirigí de nuevo al baño y, con mucho cuidado y delicadeza, fui recogiendo los trozos y guardándolos en las bolsas.

No estaba enfadada, estaba pensativa, fue como una señal: ese jarrón ya no debía estar ahí, ni sus piedras lisas de río dentro de él, ni siquiera las flores.

Cuando algo se hace añicos o bien lo restauras, o bien lo despides con cariño.

Hice una foto del suelo lleno de cristales, de las piedras por el suelo, de uno de los baldosines que se cascó por la brutalidad del impacto.

Los cristales los tiré esta mañana a la basura, las flores las coloqué en una mesa a la espera de ver qué hago con ellas, las piedras permanecen en otra bolsa en la cocina.

Me corté un dedo, fue un corte pequeño pero doloroso. Los añicos duelen. Duelen y escuecen.

Sigo deshaciéndome de cosas dolorosas. Las lágrimas de esta tarde también escocían pero, una vez enjugadas han hecho su magia: deshacer el nudo que llevo acumulado desde hace meses en la garganta.

Sushi Q. siempre avanzando, siempre valiente, siempre hacia delante.

*Intentaré buscar la foto del jarrón para ponerla. Hoy borré todas las fotos de mi móvil y me ha sido imposible rescatarla.

Dejo foto de las flores. Creo que las tiraré mañana…

*Logré rescatar la foto de los añicos. La pongo por aquí y voy a hacerme añicos, esta tarde, en mi rincón de las valientes. Pero solo un ratito…