Efímeros

Somos efímeros…

Mi hijo de cuatro años dormido en mi cama; Totoro, Thomas Jerry, Kanta, cojines y almohadas le resguardan.

Yo, en la cocina disfrutando de mi infusión de raíces de jengibre y canela. La probé en Camboya hace ya largo tiempo, me encandiló y ya no me separo de ella.

En Camboya los niños se te agarran de la ropa, te venden su sonrisa, una sonrisa que no es la de un niño como el mío.

Te venden su alma, les sonríes, te sientes impotente, culpable, mala. Les das caramelos, jabones… y te sonríen, pero es una sonrisa vacía, vacua.

Somos efímeros, como mi taza de jengibre y canela de esta noche.

Somos efímeros pero podemos aportar algo: Una sonrisa, un no desprecio, un abrazo de los de verdad a alguien que sólo tiene como amiga a su soledad.

Podemos hacer poco y mucho. Podemos sonreír, escuchar, observar sin prejuicios. Podemos hacer mucho bien y mucho mal, yo elijo lo primero ¿y vosotros?

Somos efímeros, todos acabaremos del mismo modo, da igual las partidas de ajedrez que juguemos con la muerte *

¿Por qué no compartir un poco de nuestra ‘efimeridad’ (si esta palabra existe) con aquellos que no tienen ni por donde empezar?

*https://es.m.wikipedia.org/wiki/El_séptimo_sello

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Elegante

El otoño es elegante. Pisar con mi hijo hojas crujientes y recoger piñas en el parque es elegante.

Un abrigo de paño azul oscuro sin abrochar al que de repente el viento abre de par en par es elegante.

Tus lentos parpadeos y tus ojos verde azulados son elegantes.

Elegantes son los Temptations cantando y bailando My girl.

Es elegante el pescadero cuando descama el pescado y todo se llena de virutas, como una ventisca de nieve.

El seseo de Louis Armstrong, al acabar cada estrofa, es elegante.

Es elegante que una persona que conoces en una fiesta de Halloween te regale un broche de murciélago con luces y lo prenda sobre tu disfraz, al lado del corazón. Esto es elegante, por el modo de hacerlo, y tremendamente tierno, muy tierno.

Las zanahorias estofadas en un guiso de mi madre son elegantes.

El hombrecillo que toca el serrucho, a modo de violín, en una calle de Budapest es elegante.

El barrendero de mi barrio es elegante y su sonrisa amable.

Tus manos bien cuidadas, dedicadas a curar gente, son elegantes.

Estamos rodeados de belleza y elegancia. Es una maravilla, es como magia.

¿Y a vosotros, qué os parece elegante? Me encantaría saberlo, escribir una lista, leerla frente a la chimenea y quemarla luego.

Es elegante el fuego quemando letras. No es elegante un bosque agonizando en llamas.

 

 

 

De boleros, Jeremy Irons y médicos de cabecera

Si nos dejan nos vamos a querer toda la viiiida, si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevoooo….

De esta guisa me encontraba ayer en casa haciendo deporte, con la música a tope, cantando y sudando cual Cerda sobre elíptico con crujiente de endorfinas, cuando caí en la cuenta de que normalmente no me pongo este tipo de música para deportivear, sino todo lo contrario: heavy metal, rock, música indie… y que llevo como dos o tres días, yo no sé que me ha dao, que no paro de escuchar boleros. Por cierto, Luis Miguel: vozarrón ¿eh? un hortera que te cagas pero vozarrón… y claro me quedé así, como rara… No sé si es algo pasajero o si ya va a ser siempre así, pero no me preocupa mucho, la verdad es que me la suda, como el deporte.

El jueves estuve en el médico, no mi médico de cabecera, el amor de mi vida, mi pareja, no, otro. Había una mujer tristísima en la sala de espera. No sé que le pasaba pero algo gordo era. Su gesto cabizbajo, sus gafas de sol, su gesto amargo… yo creo que ni con deporte hubiera logrado sentirse menos vacía.

Noté que su tristeza me invadía y dejé de mirarla, no quería acabar como ella, porque la tristeza se pega, es como el chapapote, se pega y no hay modo humano de deshacerse de ella. Fui egoísta, lo reconozco, normalmente voy por ahí ofreciendo caramelos de menta a la gente, así sin conocerla, pero con ella no pude, lo siento: no pude acercarme a ti, desprendías tanto dolor y yo tanta alegría que no quería perderla y acabar como tú, espero que estés algo mejor, de corazón.

Mi médico es un cachondo, un tipo genial. A veces me gusta tener la garganta inflamada, gastroenteritis o cualquier cosa que acabe en -itis, para ir a su consulta y acabar como el otro día, hablando de ateísmo, agnosticismo, literatura, historia y arte en todas sus variedades. Parece una partida de Trivial pero sin quesitos ni tablero, ahí todo a capella y sin orquesta.

Salí de allí de buen rollo, ya estaba yéndose el sol. Quedé con mi amor, mi otro médico, en un sitio de Madrid y, como siempre, me perdí. Ya estoy acostumbrada, el gps y yo no tenemos ningún tipo de química orgánica, lo he asumido, me pierdo y disfruto callejeando porque sé que al final me acabo encontrando.

Pues en esas estaba: y ahíiii, juntitos los dooooosssss, cerquita de diooooossss, será lo que soñamooossssss, cuando de repente ¡plas!

OSTIÓN

Retrovisor estampado contra contenedor de papel repleto…. un ostión como dios manda, vamos.

-Eso me pasa por atea- pensé- a qué cojones se me ocurre cantar a todo trapo lo de y ahiiii, cerquita de diooossss…. es que no tienes conocimiento, hija, mira que eres inocente, dios te ha castigao…

Respiré hondo, mantuve la calma y  me paré en un paso de cebra para, desde mi asiento, estirar la mano intentando enderezarlo.

De pronto, así como de la nada, apareció un hombre, no había nadie en la calle lo prometo, y de repente, apareció él, un Jeremy Irons de la vida, os lo juro era Jeremy Irons o un tipo clavado: manos delicadas, uñas perfectamente cortadas, pelo canoso y liso un pelín largo, delgado y rostro atractivo.

-¿Puedo ayudarte en algo?- me dijo con una educación exquisita.

-Pues mira, me acabo de dar un golpe contra un contenedor y no sé si esto tiene arreglo, Jeremy (pensé para mis adentros)

-Déjame mirar, por lo que veo tiene unas patitas de plástico, voy a apretar el cristal a ver si encaja… ¿te parece?

-Sí, sí, claro, Jeremy, todo tuyo.

Y con sus preciosas manos y un gesto delicado hizo: clic y ¡joder, encajó a la primera!

-Eres la polla, Jeremy (volví a pensar para mis adentros)

-Muy amable de verdad, muchísimas gracias….(le dije en realidad)

-De nada, de nada…

Y se fue igual de rápido que había llegado, no me dio tiempo ni a ofrecerle un caramelo de menta. Estuve a punto de pararme a llorar de la emoción, la gente amable puede conmigo: Os odio, gente amable, dejad de ser amables conmigo porque una es sensible y también amable y claro, con tanta gente amable por el mundo al final voy a tener que comprar los caramelos de menta a granel en el Makro y no, no me da para tanto…

Me encantaría haber hablado un ratito más con Jeremy, saber a dónde iba, pero todo fue muy rápido, como la vida, así que me quedé con buen sabor de boca y sus huellas dactilares plantadas en mi espejo retrovisor.

Por favor, si alguien sabe de quién son que me lo diga a fin de encontrarle y volver a agradecerle el detalle. Dejo fotos por si acaso y la promesa de un caramelo de menta a quien me dé la respuesta. Gracias.

Ah, os dejo a Luis Miguel también, pero cuidado, si sois ateos omitid lo de: ahiiii juntitos los dos, cerquita de dioooossss…

 

 

 

 

Poesía independentista de la república de mi causa

Ante tanta crispación, me meto en la boca un bombón.

Menudo desbarajuste, que rima con aligustre.

No se puede ser tan blanco, no se puede ser tan negro, las posturas maniqueas me provocan mil jaquecas.

Medias mentiras, medias verdades y así hasta las navidades.

Qué pena y que vergüenza. Qué mal rollo y que impotencia, me va a salir alopecia.

Gente que habla mucho y dice poco, gente que no habla y permanece ahí parada esperando una empanada.

Siento hartazgo, que rima con gazpacho (y mira que me gusta el gazpacho…)

¿Sabéis qué?

Que me independizo del stress, que rima con ciempiés.

Que me independizo de la sordera, que rima con gotera.

Que me independizo de la violencia, que no me gusta, que me altera.

Que me independizo de la independencia, del sin sentido, y de las banderas.

Me voy con Hamelín a tocar un rato el flautín.

Ante tanta crispación me meto en la boca un *bombón

*que rima con … (sí, eso es, así me gusta, muy bien)

Cómo sentirse y/o sentarse bien.

Me siento bien sobre la alfombra del salón, con un libro, en mallas y una infusión de jengibre recién preparada.

Me siento bien en una silla de la cocina, hablando con mi chico, alumbrados por frascos de conserva que relleno de velas.

Me siento bien en las escaleras del portal, observando como mi hijo abre la puerta. Necesita su tiempo, no le acelero, le dejo que aprenda, que se ilusione, que disfrute, que se apasione. Gano tiempo yendo despacio.

Me siento bien según se va alejando el verano. El largo y cálido verano…

Me siento bien estirando las mangas de mi nuevo jersey de rayas.

Últimamente las tontadas no me rayan.

Me gusta el olor a la ralladura de limón.

Los discos rallados no me ponen nada.

Me siento bien echándome una manta, caminando descalza por casa porque ya se nota el fresco y puedo empezar a usar mis calcetines grises con su bordecito malva.

Me siento bien apoyando la espalda en el nuevo cabecero de mi cama. Parece un cuadro renacentista, es primavera en mi habitación pero otoño en mi interior.

He aprendido que para sentirse bien solo es necesario no sentirse mal, sentarse adecuadamente y rodearse de buenos ingredientes: silencio, algarabía, gente de amor, besos de vaca, pellizcos en la barriga, plastilina azul mezclada con morada…

La alegría se contagia. La energía se contagia. Me sienta bien ser portadora de alegría, me viene bien ser camella de buen rollo y carcajadas.

¿Podéis sonreir un poco? ¿podéis sentaros bien ahora mismo y sentiros bien aunque solo sea por un segundo?

Estoy segura de que podéis. Os animo a hacerlo y a contármelo luego 🙂

rayas

 

 

 

 

Lo que se aprende de las salamandras

Pensaba escribir acerca de nuestras vacaciones, de los 1.800 kilómetros existentes entre Cracovia y Budapest si uno conduce, carretera y mantra, deteniéndose en una Venecia que no estaba en ruta pero nos atrapa. No lo haré, sin embargo, necesito escribir de algo carente de rumbo, sin itinerario. 

Hoy me apetece escribir sobre palabras, de conversaciones de porche hasta las mil de la mañana, acerca del disfrute de lo sutil, sobre lo que se aprende del silencio y de las salamandras.

Necesito hablar del poco interés que me generan las vidas prefabricadas, esas vidas carentes de pausas, saturadas de compromisos, de postureos, de sonrisas con la boca que los ojos no acompañan, de hipocresía rancia, repletas de todo y vacías de esencia, de sustancia. Vidas sin tuétano.

El otro día alguien me dijo:

-Eres auténtica, Sushi Q. 

Me sentí reconfortada, bien. Mola ser auténtica, o que así te consideren sin tener tú consciencia de nada. Me gustó mucho aquello. No sé si lo soy, pero tengo claro que si estoy mal no me planto una sonrisa de plexiglás en la cara; si estoy mal, lloro, hablo sola, digo palabrotas, agoto las existencias de clínex y dejo que se me hinchen los ojos como una rana afónica y amargada.

También sé que cuando estoy bien, sonrío, sonrío muy grande, muy alto y contagio de alegría al que está a mi lado.

Cuando no quiero hablar, callo, escucho y me maravillo, o no, de lo que otros hablan, sueltan, largan… Vigilo a las salamandras del porche cuando callo. Estiro las piernas, las observo, aprendo del sigilo de sus movimientos, de su fuerza para no caer, de sus ojos saltones y de cómo el salamandro se acerca a la salamandra y ésta huye dejándole el alma destrozada.

Escucho más que hablo, salvo cuando estoy contigo, claro… cuando estoy contigo no paro… ¿A quién podría contarle, sino, que las salamandras están flirteando o que cuando dices abedul veo y paladeo una gominola azul? Podría contárselo a cualquiera, pero es que cualquiera no entiende de sinestesias. 

Sutil, mantra, silencio, esencia, sustancia, tuétano, sigilo, abedul, sinestesia…es alucinante lo que se puede aprender de las salamandras tan sólo con detenerse y observarlas…

 

Amor a bocajarro

No se puede poner cercas al odio; se cuela a través de los resquicios de las puertas, inunda las calles llenas de pájaros, se mete en los sueños y atasca las alcantarillas para que el agua no fluya.

Sí se puede, en cambio, abrir bien los brazos, no caer en el odio por odio, diente por diente enfurecido y desatado.

La vida es una putada. La vida es maravillosa. Pura dicotomía.

Qué malo y qué fácil es generalizar. No todos somos la misma mierda y por eso, porque afortunadamente hay diversidad y no sólo odio, deberíamos hacer algo… ¿El qué? Ni puta idea.

Yo, por mi parte, voy a dedicarme a dar abrazos, respirar y consolar dolores varios. Repartiré amor sin límites, sin cercas, amor a bocajarro. No se puede combatir al odio con odio generalizado. Hoy yo odio mucho, sí, pero no a todo, no a todos.

Acabo de ver un hashtag en Twitter #Notengomiedo. Yo sí tengo miedo, mucho miedo, sería antinatura no tenerlo. ¿Cómo vencerlo? Ni puta idea, sólo aspiro a reconocerlo, manejarlo y neutralizarlo. No quiero vivir paralizada. No quiero dejar de dar abrazos. No quiero odiar ciegamente en este mundo, a veces, tan inhumano.

Os dejo una entrada rescatada de mi antiguo blog, diciembre de 2012, cuando una profecía maya aseguraba que ese año se acabaría el mundo. No se por qué, o sí, hoy la he recordado. El maya.

Todo mi cariño, amor y ternura para las víctimas.

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Hasta el Planeta

Llevo sin ver la tele una buena temporada, un año más o menos, supongo que eso es una buena temporada…Únicamente pongo Bob Esponja (y similares), Netflix y pelis antiguas y/o raras.

Bob Esponja lo veo porque mi compañero de piso tiene 4 años y es hiper fan-ático de él (pese a vivir en un primero), Netflix porque me chiflan sus series y, las pelis antiguas y/o raras pues porque sí, porque soy así.
Antes solía ir a los cines Renoir de Martín de los Heros para hacerme la guay y la bohemia, hace tiempo que no voy y lo echo de menos. Necesito regresar, perderme en una sala y montarme una película de las buenas. Soy tremendamente peliculera. Me encanta ser tremendamente peliculera.
Me dejaba caer por allí de pascuas a ramos, la verdad, pero no para hacerme la guay: ya soy guay, sino porque los típicos cines enormes donde te inflas a comer nachos con queso, sales medio sorda y con los bracitos crionizados de la potencia del aire acondicionado, me dan como ganas de gomitar (que diría mi compañero de piso) y claro, para acabar gomitando en una sala repleta de gente extraña como Gordi el de los Goonies, pues como que paso…
Me atraen sobremanera (fijáos si soy guay ¡mirad que vocabulario!) los sitios cucos, con o sin Jack Nicholson, pequeñitos, con pelis en versión original y sin palomitas. Las palomitas dan sed, acabas con los labios como dos torreznos y las muelas se te llenan de pa’luegos que ni con hilo de pescar puedes sacarte eso.
Como os contaba, apenas veo la tele, me informo de lo que sucede en el mundo por el ruido que hace la Tierra cuando se resquebraja, leyendo y observando la cara de la gente por la calle. Nos miramos poco y mal, me refiero a cuando vamos por la calle. Deberíamos mirarnos más y mejor, más amablemente, hay miradas que merecen mucho la pena…
Deberíamos ser menos tímidos y más mirones. A ver, no me refiero a poner los ojos como el Coyote cuando persigue al Correcaminos, pero tampoco fingir que no existimos. Nos sobra timidez, nos falta calidez.
Mi hijo me ha dicho hoy que me quiere hasta el Planeta. Eso debe ser muy, muy, muy gordo ¡hasssta el planeta! Y claro, me he emocionado…
La tele no emociona, me refiero a ese tipo de tele.  La tele no hace gracia, me refiero a ese tipo de tele. Emociona más ver a Marilyn y Tony Curtis besándose mientras Jack Lemmon baila el tango con Osgood Fielding III. Emociona más Billy Wilder, Hitchcock o Tim Burton. Emociona que la quieran a una ¡hassssta el Planeta!
Bueno, me emociona a mi, claro, ¿qué esperabais? ¡es mi blog!
Mi hijo me quiere hasssssta el Planeta. No se si en el Planeta habrá tele, solo se que me quiere. Voy a abrazarle, a despedir a Bob Esponja y a dormir. Es ya de noche y tengo sueño, un sueño inmenso, un sueño hasta el planeta…
*Foto fugaz de mi hijo besándome en plan ¡Hassssta el Planeta!
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Estoy hasta el coño

Estoy hasta el coño.

Estoy hasta el coño, así, en líneas generales.

Estoy hasta el coño de tus soliloquios, de tu gesto adusto, de tu cara de arbusto (immmmbécil).

Estoy hasta el coño al cubo; hasta el triquini de la operación bikini.

Estoy hasta el coño de que si eres madre tengas que mantener el tipo aunque estés hecha añicos. Quéjate, tienes derecho, estás hasta el coño, nada más que eso, eres una buena madre, la mejor, solo que estás, así, hasta el coño…

Estoy hasta el coño del puto verano con su puto calor.

Las princesas Disney también están hasta el coño. Están hasta el coño de sus zapatitos de cristal, de que las saquen a bailar cuando no les apetece una mierda bailar el vals, de cantar con los animalitos del bosque como si fueran cast-members – perturbadas- de Faunia, de soñar con príncipes azules cuando en realidad los prefieren con barba, sin espada y sin coraza.

Estoy hasta el coño de los que se quejan de los lunes, de los martes, de los miércoles, de los jueves y solo están de buen rollo cuando es viernes… ¿qué mierda estáis haciendo? ¡vivid y dejad de quejaros, que me tenéis hasta el coño!

Ayer fui a comprar el pan y me preguntó la de la tienda:

-¿Qué tal?

-Pues mira, muy bien, hasta el coño…

Se rió, se puso colorada y se relajó.

La del pan también está hasta el coño, como tú, como yo, y saber que no es la única mujer sobre la faz de la tierra que está hasta el coño le hace sentirse aliviada, liviana, más mejor.

Hola me llamo Sushi Q. y yo también estoy hasta el coño.

*Por favor, las que estéis hasta el coño manifestaos (bueno, si os sale del coño, claro)

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Viento

Hace viento. Alguien escucha jazz en mi bloque. Me gusta el jazz, de siempre, desde pequeña, desde que tenía coletas. Lo Shazameo, pero mi Shazam debe estar sordo o absorto: Ningún resultado. Decido disfrutarlo sin saber quien toca así el piano, es algo brutal, extraordinario.

Soy una valiente, los días de viento no se deben tomar decisiones arriesgadas, pero decido que lo quiero disfrutar, así que cierro los ojos y me pongo a ronronear.

Una vez, también fui valiente; tendría ocho ó nueve años y decidí que de mayor quería viajar. Fue una decisión tomada un día como el de hoy y claro, el viento, en represalia por mi osadía, borró todas las pecas de mi cara, me las arrebató, se las llevó.

Echo de menos mis pecas, pero he conocido mundo, mucho mundo, así que, aunque haga viento, decido Shazamear, otra vez, ese piano de caramelo que se está derritiendo, que me está derritiendo. Error, nada, la sordera sigue ahí, los días de viento todo se escapa.

Odio el viento, es chaquetero, veleta, traicionero, te descoloca los pelos, te roba las pecas, te da la vuelta al sombrero. Al viento le da igual si ese día no estás para farolillos, es cruel y despiadado, es Eolo cabreado.

Me levanto del sofá, son las cuatro ó cinco de la tarde, el viento se cuela por mi terraza, golpea el toldo, me saca la lengua, me da la espalda. No es delicado, siempre aparece a horas *interfestivas, no tiene cuidado.

Abro la puerta, dejo que entre, no le tengo miedo, sólo rabia y rencor (se llevó mi inocencia) No quiere café, sólo incordiar. No le hablo, le observo cruzada de brazos, se cansa, se aburre, se va. Cierro la puerta y pienso que dejar de tomar decisiones, aunque haya huracanes de por medio, es de cobardes, así que sigo inventando, chascando los dedos, moviéndome.

Me pongo a colgar cuadros de cine en el salón. Estoy sola con mi jazz. Agarro el martillo, no tengo nivel, me importa un carajo, a ojo, lo haré a ojo. Acabo y me gusta el resultado. Me regocijo, me doy besos y abrazos, me abro una cerveza.

Ya es de noche, madrugada. Un gran estruendo me hace saltar de la cama. No es tormenta, no son truenos, son los cuadros, sí, han de ser ellos ¿Cuántos se habrán lanzado al vacío…? No me levanto. Mañana decidiré si los recojo, si los dejo o si los regalo, aunque vuelva a hacer viento, mucho viento, o quizás precisamente por eso.

*Va por ti, Dani (sigue inventando palabras. Te quiero)

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