La lógica de la razón pura

He vuelto a cambiar de color de uñas… Siempre que varío de perfume o color de uñas es que algo, dentro de mi, se está fraguando. Como soy rubia pues no me entero así mucho pero por dentro, mi inconsciente (sí, las rubias somos unas inconscientes) me dice: eh, nena, estoy tramando algo…

El sábado mi hijo me dejó flipada; le disfracé de pirata y nos convertimos en navegantes de un enorme barco que resultó ser mi cama.

-¡A la orden, mi capitán!- le espeté (de casa Tarradellas)

-¡A la orden, mi capitana!- me respondió con firmeza.

-¡Toma ya, muy bien! le dije. ¡Lenguaje inclusivo!- y chocamos las manos.

A ver, con 5 años no sabe que leches es eso de inclusivo pero le pregunté:

-Hijo ¿por qué has dicho mi capitana? y me contestó:

-Porque yo soy el capitán y tú, la capitana.

Punto y final. Más claro, agua.

Ayer, coloreando, tuvimos otro diálogo así curioso:

-Hijo cada día lo haces mejor, no te has salido nada.

-No me he salido ni un perique (es su manera de decir que no se ha salido nada, me parto)

-Mamá, tú tampoco te has salido, eres una buena dibujanta…

(¡Joder, otra vez! dije para mis adentros llena de emoción y perplejidad ¡estoy creando un monstruo feminista de la hostia!)

-Yo soy dibujante y tú, dibujanta…

-Pues claro hijo, así es…

Y continuamos coloreando y disfrutando como si nada. Cuando las cosas están claras y no necesitan explicación ¿para qué seguir hablando…?

Ojala la lógica aplastante y pura de los niños se metiera dentro de las cabezas deconstruidas y rancias de algunos mayores; el mundo sería más mejor y todos seríamos muy mejores amigos…

Por la noche, niño dormido, decidí que mi color de uñas ya no me representaba. Dejé a un lado el color coral que me ha acompañado estos dos últimos meses y me las pinté de un rojo intenso apasionado, como la pasión que siento por mi hijo y su lógica pura y arrolladora de niño de cinco años…

Sushi Q.

Jamás te dejaré sola

Y otro día más disfrutado.

Estoy reencontrándome, llevaba un tiempo perdida, demasiado azul en mi vida, demasiada intensidad y pirotecnia vacía.

Acabo de llegar del gimnasio, ejercito mi cuerpo, mi mente y mi alma. Salgo, entro, me rocío de vida de la cabeza a los juanetes. Mis sentidos se han agudizado.

Me siento tan fuerte, tan bonita y tan querida…

Está llegando nueva gente positiva a mi vida. He vuelto a abrir mis brazos y llevo una sonrisa casi perenne en los labios. Rojos, siempre rojos, a lo Robert Smith, o desnudos de carmín pero felices y curvados.

Sudo mucho, me canso, tengo agujetas de reírme y de deportivearme. Leo, escucho, comparto. La gente de siempre sigue ahí, a mi lado. La nueva gente aparece y nos vamos acomodando.

No lloro, no siento presión en el pecho, respiro pausadamente, no necesito esparcir ni arrojar confeti, no necesito buscar, lo bueno me va lloviendo, me va cayendo del cielo.

No hay incertidumbre, solo lo sencillo y lo sano anida en mis días. Pies en la tierra, calma chicha, ganas de todo sin necesidad de nada. Qué felicidad, estoy disfrutando tanto…

Mi hijo me dijo la otra noche: ‘jamás te dejaré sola’ Es un niño listo y sensible. Es lo que más amo. Cinco años y sabe más que los adultos que saben tanto.

‘Jamás te dejaré sola’ y nos abrazamos, nos sonreímos y dormimos de la mano.

Sushi Q.

*Vuelvo a ser.

La trapecista

Últimamente me siento viva, enérgica, fuerte; no es que antes no lo fuera, pero cuando decides saltar de tu trapecio sin red y ves que no te estampas contra el suelo, te recorre una sensación de control y poder sobre tu vida que nada ni nadie puede arrebatarte.

Son las 22:00, escucho a Aretha, la gran Aretha, freedooooom, freedoooom…

Anoche , comentaba con un reciente amigo (nunca sabes quién se va a cruzar en tu vida y la maravilla y curiosidad que eso genera) algo que llevo practicando muchos años y que, hasta ahora, a mí me ha funcionado: visualizar, visualizar aquello que anhelas, que necesitas, que quieres atraer a tu vida cuando estás en un pozo anegado de incertidumbre, miedo e irrealidad.

Comienzas a imaginar cómo quieres que sea después del salto del trapecio, lo visualizas, lo paladeas, lo hueles, casi hasta lo tocas y los pelos se te erizan, te emocionas… Aún queda dar el salto, es la parte más complicada y peligrosa, has de hacerlo con precisión, con sangre fría, sin corazón (ya habrá corazón para rato y latirá el tiempo que nos haya sido adjudicado) así que saltas de un trapecio a otro, a otro del cual no sabes nada, solo lo que has visualizado. No miras abajo, miras adelante, no miras atrás, el atrás solo es pasado, dejas tu vulnerabilidad, aprietas todos los músculos de tu cuerpo y entonces, cuando no aplaude nadie (es un circo vacío, tu circo, no necesitas aplausos, ni domador, ni payaso) respiras, te balanceas, te dejas mecer por tu nuevo trapecio y el otro, desde el que saltaste, ya no está, se fue y te encuentras sola, allá arriba llena de fuerza, ilusión y alegría.

Todas somos trapecistas, solo necesitamos saltar, atrevernos y no tener miedo, ese miedo a lo desconocido que nos frena y nos engulle sin tan siquiera pedirnos permiso. Todas somos trapecistas de nuestra vida: SALTA, el miedo no conduce a nada.

Sushi Q.

De bufandas otoñales y swing

Este otoño pienso estrenar bufanda. Ha de ser larga, muy larga y amorosa.

Larga porque ha de abarcar no solo a mí sino a lo que pienso atraer a mi vida: calma, sosiego y momentos amables.

Amorosa porque el otoño es la mejor estación para quererse y abrazarse a una misma.

No sé aún el color, eso ha de decidirlo el momento. Es como con los perfumes, cuando llueve utilizo uno, si hace sol elijo otro totalmente distinto. ¿No os sucede a vosotros?

Cada día que nace es un momento único y hay que aderezarlo con un perfume, un suspiro, un chasquido de dedos únicos.

Hablando de chascar dedos, hace tiempo que no escucho swing, creo que mañana mi banda sonora será un swing eléctrico que me recorra de la cabeza a los pies.

Os dejo con el gran Benny Goodman y un trocito de una peli que os recomiendo encarecidamente ver: Swing Kids (Los rebeldes del swing) es maravillosa, mágica.

Prometo poner foto de mi bufanda nueva y otoñal cuando la tenga; una vez que me la líe al cuello y chasque los dedos todo se volverá swing.

Sushi Q.

https://youtu.be/YibBVIYwQWs

Mi billete

Me siento liviana. Agosto se agosta y el otoño me abrazará, con su elegancia y ternura, como siempre hace.

Pocas cosas hay tan tiernas como las estaciones que uno ama.

Las de tren también son tiernas, aunque hay veces que los trenes no parten porque somos nosotros los que no dejamos que lo hagan. Nos da miedo comprar nuestro billete por si acabamos en lugares inhóspitos (me encanta esta palabra), desconocidos, extraños.

Entonces, un día, o durante varios, te vas dando cuenta de que llevas un tiempo triste, muy triste, desilusionada, sin brillo en los ojos y decides que el tren ha de partir y que es hora de comprar tu billete.

Ya es mío. Lo compré hoy. Es sólo de ida, las vueltas no van conmigo.

No sé qué me deparará el destino, únicamente me importa el viaje.

De lo que sí estoy segura es de que atraeré lo bueno, lo de colores, lo azul, la lluvia; que me rodearé de ilusión, que volveré a sonreír y a enamorarme de la vida. Es lo que hacen las valientes cuando el verano se agosta, los trenes no parten y las margaritas ya no aparecen por mucho que las esperes: soltar lastre, quitarse mochilas dañinas y pesadas y no temer a las estaciones de tren por las que se avance.

Me siento valiente, mimosa, esperanzada. Me siento liviana. Ya tengo mi billete, no pienso cambiarlo, devolverlo o extraviarlo.

Sushi Q.

Las noches de Cabiria

Aún bebo el zumo de naranja de un trago por si se le van las vitaminas, sé que el agua oxigenada cura cuando empieza a burbujear sobre la herida, si te muerdes la lengua las avispas no pican…

Madres: con sus taras y sus tarantelas, enseñándonos a vivir como hicieron las suyas con ellas y recogiendo nuestros pedazos cuando, inevitablemente, nos estrellamos. Absorbemos todo, lo bueno y lo menos bueno. Mi hijo sabe cómo alimentar gusanos de seda, conoce el ris-ris que se escucha cada vez que mordisquean las hojas de morera. Es parte de mi herencia.

Madres, abuelas, tías… mujeres, en cualquier lugar del mundo, educando, transmitiendo lo que a ellas les legaron. Herencias que se van perpetuando, otras que mueren, algunas que reavivamos.

En Pekín, hace años, me quedé fascinada observando a un grupo de mujeres que elaboraban dim sum mientras seguían, absortas, un culebrón en televisión. En España es igual solo que elaboran croquetas y los culebrones son en sudamericano.

Mujeres, costumbres, hermandad, sororidad en este mundo que a veces te duele y otras te besa apasionadamente.

Y de pronto, hace unos meses, me encuentro en un avión en el aeropuerto de Chicago destino Whasington (viaje de trabajo) se sienta a mi lado una ancianita de ochenta y pico años, me mira, sonreímos, nos damos los buenos días. Es de Utah, va a Whasington para ver a sus hijos. Al poco, aparece otra abuelita, colombiana, que no sabe inglés. Hago de intérprete entre las vidas de una y otra. Las dos tienen muchos hijos y nietos, yo tengo mucho sueño.

El avión despega, sigo teniendo miedo a volar pero continúo venciéndolo (es lo que hacen las valientes cuando les puede más el ansia por conocer que el miedo al propio miedo)

La anciana de Utah se duerme, la observo, me dejo llevar por el movimiento del avión, he descubierto que es lo mejor para combatir el miedo, me acoplo a él, no me opongo ni me tenso, aprendo que es mejor dejarse llevar, total, al final, todos moriremos.

Observo a la anciana, hace frío, va en pantalón corto, me quito la chaqueta y le cubro las piernas. Me mira somnolienta con sus ojos de ratón, me sonríe y se vuelve a dormir.

Aterrizamos, me dejan salir rápido, tengo que coger otro vuelo y solo dispongo de una hora y para mi eso es poco porque soy muy nerviosa. Me despido, encuentro mi conexión, compro una botella de agua, la abro y estalla (tiene gas, como no) me empapo, mojo a la de al lado que me mira mal, le pido disculpas en inglés y me contesta en español, un español borde. Me da igual.

Estoy agotada y contenta me encantan los aeropuertos, observar, inventarme las vidas de cada pasajero…

Despego relajada, el truco de dejarme llevar parece que funciona. Duermo, duermo, duermo.

Esta noche estoy cansada, es 24 de agosto de 2018, acaban de dar las doce, ya no es 23. Mi hijo duerme plácidamente después de contarle historias de conejos, marcianos y estrellas de mar.

Estoy cansada de muchas cosas pero tranquila. Me cansé. Me siento como en ‘Las noches de Cabiria’: desilusionada pero esperanzada. Es un sentimiento extraño por eso necesito escribirlo y desahogarlo.

Estoy agotada, lloro pero sonrío. Pienso en las mujeres de Pekín elaborando dim sum mientras disfrutan de su telenovela, pienso en mi madre de la que tanto bueno y menos bueno he heredado, pienso en Cabiria, en los músicos que la acompañan al final de la película. Imagino a la abuela de Utah rodeada de sus hijos y nietos.

Necesitaba escribir, soltar esto, pedacitos de vida, fragmentos de un mundo descolocado que hay veces, como esta noche, en las que es mejor no ordenarlo y dejarse llevar como en un vuelo, como Cabiria y sus lágrimas finales de tristeza y alegría.

Sushi Q.

La nostalgia no abriga

Hace mucho tiempo que no se de Nick; desde la última vez. Era de Chicago, vino a España a aprender el idioma. Nos conocimos y surgió una amistad maravillosa de la que hoy no queda nada.

Pasábamos las noches enteras por Malasaña. Quedábamos en el Palma 3, nos pedíamos dos chupitos de tequila y unas cervezas e intercambiábamos idiomas. Éramos two peas in a pod, como decía él.

Por mi cumpleaños me regaló un CD doble de Aretha Franklin, compartíamos gustos musicales similares. Lo compró en Madrid Rock, donde los jevis de Gran Vía, donde ahora hay una tienda de ropa sin encanto con música ratonera.

Fueron dos años de amistad sincera, risas y noctambulismo.

Volvió a Chicago, le dejé en Nuevos Ministerios y, al mirar hacia atrás a través del retrovisor, le vi chascando los dedos al ritmo de la canción que acabábamos de escuchar en mi coche: Don’t play that song. Nos dimos un abrazo, me dijo que no llorara y nada más.

En breve voy a Chicago. No son vacaciones es un viaje de trabajo. Un viaje breve pero cansado e intenso.

Me gustaría tener tiempo para visitar y ver todas aquellas cosas de las que me hablaba en el Palma 3 mientras nos bebíamos la Luna.

No le echo de menos. No he tratado de ponerme en contacto con él. Hay gente que solo está de paso en nuestra vida. Es bonito mientras dura, pero cuando se acaba, lo mejor es cortar y no meter pasados en presentes sólo por sentir nostalgia y abrigarse con ella. La nostalgia es bonita en las películas, en los libros… permitir que nos envuelva y dejarnos llevar por ella puede herir a tu presente incluso a veces de muerte.

Tendemos a ensalzar los pasados como algo bello, obviamos lo malo.

Nick no me produce nostalgia, tampoco esos años de conocer americanos, ingleses, australianos y perdernos por Madrid hasta las mil. Lo recuerdo todo con una nitidez asombrosa, con cariño, pero no lo echo de menos. Trato de enfocarme en el presente. Únicamente echo de menos a aquellos que se fueron, sobre todo a los que lo hicieron antes de tiempo y de manera brutal. Estrellas en el cielo.

A la vuelta de mi viaje, que será un poco Road movie pues comenzará en Minneapolis y acabará en Chicago, abrazaré a mi hijo y le contaré que en Chicago está el enorme Lago Michigan y que por Minneapolis pasa el río Mississippi.

Le diré que cuando sea mayor viaje, conozca, viva, pero que no se ancle, que continúe con su mochila pero que vaya vaciándola, en cada parada, para acoger a nuevas personas, lugares y experiencias.

Os dejo esta maravilla de canción y el recuerdo de Nick chascando los dedos y tarareándola aún plasmado en mi retrovisor. Siempre que la escucho me acuerdo de él, pero no es nostalgia, la nostalgia no abriga, es simplemente algo que fue y ya no es.

Sushi Q.

https://youtu.be/rsMGHzOQrps

Catorce días

Por razones que no vienen al caso, el otro día eliminé mi cuenta de Facebook.

Qué puta locura ¿no? ¡Borrarme de Facebook!

Años y años compartiendo fotos, viajes, añadiendo y borrando amistades. Recordatorios de Facebook que no quiero recordar porque hay personas que se fueron y duele leerlas porque ya no volverán.

Se acabó.

¿Eliminar cuenta?

Sí.

Zas.

Adiós.

Ah no, espera, mensajito:

Hemos recibido tu solicitud para borrar tu cuenta de forma permanente. Tu cuenta ha sido desactivada del sitio y será eliminada definitivamente dentro de 14 días.

Tengo 14 días para retractarme y volver a la secta con la cuenta indemne ¡qué buenos son que me la mantienen! ¡Y gratis!

14 días..

-Sé fuerte, Sushi, sé fuerte (como diría aquél)

Supongo que lo tienen todo estudiado, te dan 14 días… 14 días para que te desintoxiques, respires y vuelvas aún con más ganas y sintiéndote más guay, como liberada, como si volvieras de motu propio pero en realidad no decides tú, son ellos que te han dado un plazo y saben o esperan que cumplas.

Pues no, no voy a volver, desde que dejé de ver la tele mi número de pulsaciones por minuto ha descendido. No voy a volver, mantendré Twitter, me gusta informarme y no quiero que mis pulsaciones bajen tanto que el pulsióximetro no me detecte… es simplemente justicia poética, romanticismo, prefiero perderme en mis libros, en los rayos de sol que se cuelan en el salón mientras abrazo a mi hijo, en mis series y películas clásicas y raras, que es lo único que de verdad me engancha.

Ayer se rompió mi caldera, la placa se quemó, 300 pavos de arreglo… obsolescencia programada.

Esto es igual: te hartas, te quemas, llegas al punto de ser hiper mega dependiente, decides abandonar pero… ¡tachán! El técnico de Facebook llega y… ¡te regalan 14 días para arrepentirte! (tras la obsolescencia programada aún hay esperanza)

Me he salido de todo, necesito respirar. Adiós Face, adiós grupos de WhatsApp que muchas veces se convierten en escenarios de guerras civiles sin sangre pero encarnizados. Adiós Instagram. Prefiero desayunar en Dublin, en Temple Bar sin tener que detenerme para hacer una foto del Greasy Spoon que me voy a zampar y automáticamente subirlo a una red social ¿para qué? Para nada.

14 días… no sé cuantos me quedan y me importa un huevo. Seguro que antes de que se cumpla el plazo aparece algún mensaje por algún lago para que vuelva al redil y me recuerden que sin Facebook no se puede vivir.

Pues sí se puede, sí se puede y creo que hasta se debe.

Por supuesto todo son opiniones, mis opiniones, subjetivas, cada cuál decide y elige su dosis de droga y el nivel de drogadicción al que está dispuesto a llegar.

Yo tuve una época en la que estaba enganchada a programas del corazón, a ‘Pasión de gavilanes’ y a revistas que ahora veo y digo: ¡fus fus, fuera, fuera! Poco a poco me di cuenta de que todas esas cosas en realidad no me gustaban, no me aportaban…

No digo que lo mío sea mejor, pero es lo mejor para mi.

Me retiro.

Los que me conocéis bien sabéis dónde encontrarme. Una llamada es más bonita, más directa, más romántica.

14 días… Joder ¡qué liberación, en serio, qué puta liberación!

*Foto de la placa de mi caldera quemada (como yo)

-Sushi Q.

‘No sabía que ponerme y me puse bohemia’

‘Por cada minuto que estás enfadada pierdes 60 segundos de felicidad’

‘Llueve, pero soy un solete’

‘No sabía que ponerme y me puse contenta’

…………………………………………………………..

Estoy hasta los cojones’: esta es mía.

Pues sí, hasta los cojones (hasta el coño ya estuve y si pincháis aquí podéis leerlo, gracias) harta de que Mister Wonderland me diga que sonría cuando a lo mejor lo que quiero es llorar, llorar hasta reventar.

‘Por cada minuto que estás enfadada pierdes 60 segundos de felicidad’

Venga, voy a ponerme contenta…

-¡Uy qué felicidad, ya me siento mejor! (poniendo las manitas así, como Faemino y Cansado)-

Pero vamos a ver ¿y si quiero estar enfadada el tiempo que haga falta? ¡Dejadme en paz, coño!

‘Llueve pero soy un solete’.

Joder, llueve ¡qué bien! ojalá caiga una buena tormenta, limpie de contaminación el cielo, bese y amamante al suelo…

‘No sabía que ponerme y me puse contenta’

Pues no, a lo mejor ese día no sabía que ponerme y me puse rabiosa y me desahogué haciendo deporte, sudando como una cerda mientras sonaba Metallica y después me di una ducha con música relajante super zen de la muerte y entonces sí que me sentí feliz y de puta madre…

No quiero ser feliz porque me lo vendáis, no quiero una venda en los ojos, no soy La Justicia. Quiero y puedo ser feliz por mis propios miedos, sí, miedos. Cuando venzo un miedo me siento feliz y no necesito una taza de desayuno que me diga:

Sonríe, la vida puede ser maravillosa’

¡Que sonría tu puta madre (con perdón) a las 6.30 de la mañana! Yo quiero 5 minutos más, 10 minutos más, dos días más…..pero si casi no tengo fuerzas, por las mañanas, de desnudar una magdalena…

La vida puede ser maravillosa (o no) o sí, a ratos, mientras me como un trozo de queso a pequeños bocados…

La vida muchas veces es una mierda, un dolor, una congoja inmensa y negarlo nos hace cómplices de nuestra desgracia. Aceptémoslo. Echar de menos es sano (eso es porque has sentido amor, creo yo) tener una sonrisa perpetua, a toda costa, porque hay que ser feliz es antinatura y además corres el riesgo de que se te desencaje la mandíbula.

Soy una tía alegre. No soy feliz, estoy feliz y no siempre, sólo a ratos…Me vale, me mola, ya.

La felicidad enlatada es una lata, lo único enlatado que me encanta son las sopas Campbell’s de Andy Warhol, bueno, y tampoco, están asquerosas, estéticamente una delicia, su sabor una desdicha.

¡Viva la felicidad sin enlatar!

¡Viva el llorar de risa porque te sale sólo, sin ninguna taza que te lo diga!

No sabía que ponerme y me puse coleta.

No sabía que ponerme y me puse bohemia.

Sushi Q.

 

Ternura

La ternura no tiene color, es llana, humilde y no entiende de gritos.

Suele encontrarse en el brillo de los ojos de los abuelos, en el polvo de las alas de las mariposas y en el tacto de los pétalos de los tulipanes.

Ternura es mi hijo peinándome, sus orejas coloradas cuando duerme y sus pelos revueltos como los de una abuela que sale de casa en bata por la mañana.

Hay veces que la ternura se esconde en sitios muy extraños, una vez encontré ternura al ir a purgar un radiador; empezó a soltar aire y después sólo agua, mucho agua. Decidí detener el exceso de ternura con el destornillador pues ese día no quería llorar, sólo sentirme tierna.

También existe la sopa de ternura; la sopa de ternura está hecha de estrellas y ha de servirse calentita, si no pierde sus propiedades organolépticas y todo se va a la mierda.

Hay ternura en la voz de la  mujer del estanco de abajo.

El musgo es ternura.

Los charcos de lluvia están conformados en parte por ternura, en parte por agua y un poco de pis de perro abandonado.

Una uña desconchada, porque he estado jugando con mi hijo y no he tenido tiempo de pintármela, es ternura.

Una prenda de ropa cayendo de su percha en una tienda, donde todo el mundo la ve pero nadie la recoge, es ternura.

Si encuentras ternura en el hall de tu casa no la barras, quizás en algún momento te haga falta.

Llevo con un nudo en la garganta desde hace unos cuantos días. Necesitaba escribir esto, necesitaba poner un poco de ternura a ese nudo y deshacerlo. Creo que algo lo he disuelto…

Sushi Q.sopa-de-ternura